Experiencias turísticas y trayectorias de vida. Relaciones con la nostalgia

Philippe Bachimon,
Université d'Avignon et des pays de Vaucluse,
Jean-Michel Decroly,
IGEAT – DGES – Université Libre de Bruxelles,
Rémy Knafou

 

Nos parece recordar con precisión las vacaciones de hace treinta años, cada día, cada paisaje, cada emoción, pero siempre son las mismas imágenes las que hemos seleccionado y recompuesto según criterios muy personales, lo mismo que una cámara que sólo recoge un ángulo de vista, la parte de un decorado (…). El cerebro ordena y sólo retiene lo que le interesa de acuerdo con su subjetividad.

Michel Bussi, Maman a tort, Paris, Presses de la Cité

Introducción

En las dos últimas décadas, han aparecido un número creciente de trabajo dedicados a la experiencia turística, tanto en el mundo anglosajón (para un resumen véase por ejemplo a Sharpley y Stone, 2012) como en el de habla francesa (véase por ejemplo a Decroly, 2015). Más allá de su gran variedad, todos tienen en común la preocupación por averiguar lo que experimentan los turistas durante sus estancias o viajes. En este sentido, la experiencia turística es considerada como un conjunto de estados psicológicos y físicos causados por lo que el individuo vive antes, durante y después de unas vacaciones. Los análisis realizados se inscriben por lo tanto dentro de una perspectiva sincrónica o transversal en términos de demografía. Se centran en lo que sucede durante el tiempo del viaje o de la estancia, teniendo eventualmente en cuenta los preparativos y los recuerdos que de ellos quedan. En cambio, estos trabajos no prestan atención a cómo la experiencia inmediata impacta en la trayectoria de vida de los individuos, en qué depende esa experiencia de las vivencias turísticas anteriores y cómo influye en las experiencias posteriores[1].

A través de las prácticas de turismo realizadas a lo largo de la vida, el individuo acumula experiencias de otros lugares, personas, culturas, situaciones distintas de las que le son familiares. La acumulación de conocimientos y habilidades turísticas atraen mucho más la atención cuando alcanzan la jubilación las primeras generaciones que tienen una mayoría de componentes que han disfrutado de una vida repleta de experiencias turísticas y cuya duración les hace que se aproximen en cantidad a las experiencias de la vida cotidiana (Viard, 2006). Esta situación sin precedentes invita a preguntarnos tanto por la singularidad de la experiencia turística en comparación con otras experiencias de vida, como por la influencia que ejercen los conocimientos y competencias turísticas acumuladas tanto sobre las prácticas acumuladas como sobre las prácticas turísticas posteriores y los otros aspectos de la existencia.

Singularidad de la experiencia turística?

De acuerdo con las reflexiones de D. MacCannell (1976), la práctica turística se vive a menudo como una experiencia singular que aleja al individuo de lo que vive y siente como rutinario en su vida cotidiana. Se trata de «conoce» otras cosas por medio del viaje, confrontándonos a situaciones potencialmente diferentes de las de la vida cotidiana (Laplante, 1996). Esta confrontación se inserta a su vez en un periodo que se considera temporal y espacialmente de apertura para el individuo, un open time y un open space, en los que las limitaciones cotidianas se reducen a la mínima expresión (o se experimentan así) mientras que alcanza su paroxismo todo lo que supone receptividad: curiosidad, atención, interés. En este sentido, los desplazamientos turísticos pueden dar lugar a varios hechos. Por un lado, permiten el distanciamiento de los papeles desempeñados habitualmente gracias a la separación temporal del lugar de domicilio, de las personas o de las instituciones con las que nos relacionamos habitualmente e incluso de las normas sociales (Remy, 1996). Por otro y al mismo tiempo, hacen del turista un outsider en el destino que visita, una persona sin familiaridad con esos lugares (Relph, 1976). Esta doble independencia, respecto al lugar de origen y al habitado temporalmente, proporciona un soplo de libertad. El viaje turístico se presta así a la experimentación de nuevos estilos de vida, al enfrentarse a maneras de hacer que se desconocen (Lofgren, 1999) o a situaciones inesperadas (urbano, 2008). Incluso si los viajes se basan en elecciones premeditadas (elección del destino, de la reserva de medios de transporte o de los alojamientos…), siempre comportan un componente de inesperado, ligado a la toma de decisiones en el último instante, al azar de los encuentros y también a los incidentes que sufren muchos turistas (Urbain, 2008).

Según estos hechos, cada estancia turística favorece al menos alguna adquisición en el plano de las competencias, de los conocimientos y también de las emociones y sensaciones. Más allá del entretenimiento, estas adquisiciones representan el valor añadido de las vacaciones. Su experiencia constituye la capitalización y la recuperación de la inversión realizada. Así, el turista vuelve reconfortado y diferente a su lugar de origen, lo que se constata fácilmente por contraste con los que «no han tenido la oportunidad de salir ». El turista trae recuerdos vividos para rememorar, contar, mostrar (fotos, tatuajes…), guardar y coleccionar. Las representaciones mentales o recuerdos materiales que quedan después de los viajes turísticos sirven más que como prueba de lo realizado para enseñarlo a los demás. De manera recurrente, recuerdan también al individuo su capacidad de integrar la diversidad y lo inesperado en su vida cotidiana (Lofgren, 1999).

Desde hace al menos tres décadas, la plusvalía representada por la experiencia turística está siendo objeto de un verdadero marketing. Se trata para los operadores – transportistas, hoteleros, administradores de puntos de interés – de vender no sólo un servicio sino una experiencia. Por otra parte, éste es el significado que da a «la experiencia» una parte de la literatura anglosajona (véase por ejemplo Pine y Gilmore, 1999), así lo que se pretende es vivir una experiencia predeterminada mediante la puesta en práctica de un servicio turístico original, como por ejemplo, pasar una noche en una prisión… de uso desafectada. Por supuesto, el principio acumulativo desempeña en ese caso un papel crucial. Se trata de aumentar o diversificar las oportunidades de tener experiencias de otras vidas que sin ninguna duda no se vivirán nunca, si pensamos en la prisión. Son «migajas» de experiencia de otras vidas (la pobreza en un pueblo del Sahel, el entorno natural de un bosque ecuatorial « virgen »…) para dar sentido, coherencia, a la propia vida.

En otro orden de cosas, las experiencias turísticas poseen una función reparadora: reforzando, por contraste, el carácter banal o incluso penoso de lo cotidiano, contribuyen a hacerlo soportable al mismo tiempo (Bourdeau, 2011). Dos dinámicas se ponen aquí en marcha. En primer lugar, antes del viaje, durante las «horas de hibernación», mientras que el individuo se halla inmerso en su rutina y entra en una especie de letargo de su imaginación, la anticipación del próximo desplazamiento le hace soportable la existencia. Luego, en el momento de la aceleración social (Rosa, 2012), esta anticipación adquiere a menudo un papel salvador ya que permite romper con la hiperactividad propia de la vida diaria. A la sensación de tener muchas ocupaciones de trabajo, de que no hay «tiempo de pensar ni en sí mismo… ni en otra cosa», responde entonces leitmotiv sacado de un dicho popular consensuado: «Viva las vacaciones, viva la jubilación… ». Después de la estancia, a continuación, la persona es capaz de sacar de su experiencia turística una fuerza vital renovada que facilita la vuelta a la rutina.

El carácter singular de la experiencia turística ha sido cuestionado desde la década de 1990, primero por la pluma de S. Lash y J. Urry (1994), a continuación, por la de sus seguidores (ver, por ejemplo, Uriely, 2005). Insertos en la corriente posmodernista, tanto los primeros como los segundos, apuntan bajo el término de «dediferenciación» la idea de un parecido creciente entre la vida cotidiana y el turismo. En las sociedades capitalistas desarrolladas, cada individuo dispone de una accesibilidad creciente, real o virtual, a las experiencias propias del turismo como son: el descubrimiento, a veces profundo, de los « principales lugares del mundo » a través de cámaras Web o de otras nuevas tecnologías de comunicación; la posibilidad de comer alimentos exóticos o codearse con gente de países lejanos en su lugar habitual de residencia; etcétera. Al mismo tiempo, según lo sugerido por el P. Bourdeau (2011) en su trabajo sobre el pos-turismo, los viajes turísticos tienden a parecerse cada vez más a una jornada de trabajo, sobre todo si tenemos en cuenta la importancia de las tareas asumidas por el turista para la preparación y desarrollo de su viaje (búsqueda previa de información en internet, reserva on line del alojamiento, impresión de los billetes de transporte con su ordenador…). A ello se añade la enloquecida actividad de la que a menudo dan muestra los turistas.

Por otra parte, aunque el turismo y la vida cotidiana se relacionan cada vez más, no se puede olvidar que los viajes y las estancias suponen una ruptura temporal y espacial en la vida habitual de las personas. Esta ruptura, aunque sea suave, comporta unas experiencias que mantienen características específicas: para un ciudadano de Bruselas, comer en un restaurante japonés en Tokio, con ocasión de una estancia en ese país, o hacerlo en Bruselas, en una noche de la semana, no provocan las mismas emociones y sensaciones. Como sugiere O. Löfgren (1999), el hecho de enfrentarse a la alteridad no dentro sino fuera de lo que constituye nuestro ambiente cotidiano, crea una relación especial de los individuos con los productos que consumen, con las situaciones que se generan y los lugares que se visitan.

La construcción de la experiencia turística

El valor añadido de la experiencia y la impresión de regeneración derivadas de una estancia turística se depositan en el cuerpo y en la mente de los individuos. La suma de estas impresiones post-vacacionales funciona al cabo de los años según un principio acumulativo, mezclándose con otras experiencias de la propia existencia que vienen a alimentar un stock constantemente renovado de conocimientos, competencias y también de recuerdos. A la escala de una vida, la experiencia turística se construye sobre la lógica de la adición, aun cuando se haya olvidado la estancia, como recuerda J.D. Urbain (2008). Esta lógica se ve a su vez reforzada por las expectativas relacionadas con la estancia y por su evocación posterior. Al « deber de vacaciones » (Amirou, 2000), que incita, a veces, en una lógica estajanovista, a hacer de la estancia un periodo de enriquecimiento de experiencias, de descubrimiento de nuevos lugares, de nuevas culturas, o de una naturaleza diferente, responde a la vuelta el « debriefing » a través del álbum de fotos, la proyección del video o la narración de los hechos.

El tiempo que se dedica al turismo, es cada vez más dilatado en la vida de las personas, las secuencias de las experiencias que le van asociadas se multiplican de manera seriada. Echando la vista atrás, estas secuencias se nos muestran como episodios de una misma historia cuyo contenido se reescribe tras pasar por el cedazo de su reconstrucción por la memoria. La multiplicidad y la diversidad de las experiencias turísticas vividas llevan al individuo a olvidar el orden de los hechos o a mezclar los recuerdos como en un estado somático, lo que no deja de guardar relación con el sueño turístico realizado (¡acaso el turista no visita los destinos de sus sueños!). Sin embargo, los acontecimientos más relevantes del viaje y las interpretaciones que se hacen de ellos, se fosilizan para acomodarse a la invariabilidad de la resiliencia. Del mismo modo, la memoria turística olvidada resurge espontáneamente como respuesta a la curiosidad de otras personas.

Las experiencias turísticas se suceden y se acumulan a lo largo de toda una vida cuya duración no deja de aumentar. A las experiencias (formativas) de la infancia con los padres, de la adolescencia con o sin los padres, les siguen las de la edad adulta con nuevas configuraciones familiares, después, las de la jubilación, etc. Cada persona acumula esas experiencias a lo largo de toda su vida, desigualmente numerosas y diversamente variadas según un gran número de factores (económicos, sociológicos, psicológicos, de salud…), mezclando todo a través de los procesos del recuerdo libre o forzado con los de los demás miembros de la familia, de los amigos y, hoy, de los integrantes de las mismas redes sociales que se comparten. La creciente influencia de estas últimas hace, por otra parte, modificar el estado del recuerdo y de la memoria: una parte del stock de la memoria enterrada en nosotros se expone ahora a los demás, mientras que antes pertenecía a la categoría de lo privado y de la evocación íntima (Bachimon, 2013).

Si la construcción acumulativa de las experiencias de vida sigue siendo poco conocida, no es, sin embargo, un campo ajeno a la investigación. En los años 1970, el tema se aborda dentro del ámbito de los leisure studies (Buse y Enosh, 1977; Kelly, 1974). Los trabajos realizados en ese contexto revelan la influencia decisiva que las prácticas de la infancia ejercen en las que se realizan posteriormente. Así, varias encuestas sobre lo practicado a largo del tiempo muestran que las actividades en la edad adulta, sean sociales, artísticas o deportivas, se relacionan mucho con las acometidas en la adolescencia y de manera tanto más intensa cuanto más regulares fueron las prácticas en esa edad (Scott y Willis, 1989; 1998). Ahora, estos hechos se interpretan en términos del modelo de ciclo de vida (Neugarten, 1977): ante los numerosos cambios a los que se enfrentan las personas a medida que envejecen (matrimonio, nacimiento de los hijos, evolución de los ingresos, disminución de las capacidades físicas…), los individuos consolidan las estructuras mentales (ideas, preferencias, aptitudes) adquiridas en la infancia, lo que les garantiza cierta continuidad a lo largo de su existencia (Atchley, 1989).

Hubo que esperar a los años 1990 para ver aparecer las primeras investigaciones dedicadas específicamente al lifelong tourism (turismo durante toda la vida). Estas se inscriben en dos direcciones diferentes. Primero, en el campo del marketing, pues varias encuestas destacan la influencia de las experiencias pasadas, especialmente de las vacaciones de la infancia y de la adolescencia, en las elecciones posteriores de los destinos turísticos y también en las prácticas (Mazursky, 1989; Bojanic, 1992; Gitelson y Kerstetter, 1992). Por ejemplo, en una encuesta entre ex alumnos de 55 años de edad y en más de una Universidad del noreste de Estados Unidos, R. Gittelson y D. Kerstetter (1992) constataron que el 80% de los encuestados habían regresado por lo menos una vez en su vida al destino favorito de su adolescencia. Para interpretar estos resultados coincidentes, los investigadores citados hacen referencia al apego emocional a la infancia o al componente de inercia en la elección de los consumidores (Gitelson y Crompton, 1984).

El lifelong tourism ha sido también abordado desde una perspectiva más sociológica en el marco del análisis de las carreras turísticas (Oppermann, 1995; Frandberg y Vilhelmson, 2003; Frandberg, 2008; Guibert, 2016). El objetivo perseguido bajo esta perspectiva es reconstruir la secuencia de las estancias turísticas durante toda o parte de la trayectoria de la vida a través de encuestas dilatadas en el tiempo o de historias de vida. Los resultados obtenidos coinciden en parte con los análisis de corte transversal sobre el proceso de las tomas de decisión. L. Frandberg destaca así que, si el panel de destinos individuales se diversifica a medida que avanza la edad de las personas, sobre todo en relación con las migraciones realizadas por los individuos o sus allegados, algunos lugares son visitados de forma regular desde la infancia. Para el autor, el carácter repetitivo del abanico espacial de vacaciones depende menos de un apego emocional a los primeros lugares de vacaciones que de una lógica de la rutina en el proceso de la toma de decisiones. Atendiendo al trabajo de C. Lindh (1998), se sugiere que los turistas preparan sus viajes en función de sus experiencias anteriores y que hacen más rutinaria sus tomas de decisión cuanta más costumbre tienen de ir a un mismo lugar.

En el marco de una encuesta basada en entrevistas medio dirigidas a 40 adultos angevinos, Guibert (2016) pone de relieve la variedad de las trayectorias turísticas individuales. Constatando el efecto indudable de las experiencias de la infancia sobre las de la vida adulta, pone de manifiesto a partir de varias personas entrevistadas el aprendizaje tardío de las prácticas turísticas, sobre todo entre trabajadores y profesionales de la agricultura. Del mismo modo, citando a B. Lahire (2012), recoge prácticas turísticas que se realizan « bajo la influencia conyugal », caracterizadas por la influencia decisiva del miembro de la pareja con más experiencias en la elección de destinos y en las prácticas. Por su parte, C. Guibert (2016:12) ofrece una interpretación convincente de la construcción de la experiencia turística desde parecidas consideraciones. Desde su visión, la experiencia turística acumulativa se construye « según procesos sociales, en definitiva, muy similares a los estudiados en los sectores de las prácticas culturales o de las prácticas deportivas. (…). Si los aprendizajes turísticos empiezan generalmente durante la infancia (en el seno de la familia, escuela) y continúan conforme avanza la edad de los individuos, las experiencias socializadoras acumulativas o, por el contrario, las experiencias socializadoras contradictorias refuerzan la idea según la cual nada es finalmente lineal, limitando de hecho el alcance mecánico y esencialista de las herencias culturales familiares como esquema único explicativo ». Bajo esta óptica, las prácticas de turismo realizadas en un momento dado por un individuo muestran tanto la reproducción de experiencias pasadas como la invención o el descubrimiento de prácticas nuevas que pueden eventualmente romper con las heredadas de la socialización familiar. De este modo, entran en juego varios factores que habría que tener en cuenta: la importancia de variables según los círculos sociales y los individuos, los aprendizajes desde la infancia, la diversidad de las trayectorias individuales de vida (evolución de las capacidades económicas personales), la elección del cónyuge, los tipos de familia, los contactos con amigos o profesionales, y todo eso sin olvidar los cambios que se producen dentro del mercado turístico (de modelos predominantes, de prácticas, de característica de la oferta, de costes y facilidades de los transporte…).

Turismo y nostalgia

Los estrechos vínculos constatados entre las experiencias turísticas en las diferentes etapas de la vida invitan a examinar desde más cerca las interacciones entre las vivencias o experiencias turísticas acumulativas, la construcción de la memoria individual y el desarrollo del propio ser.

Según la psicología cognitiva contemporánea, la memoria, lejos de ser una función mental homogénea, estaría compuesta por varios sistemas independientes, pero en interacción (Van der Linden, 2003). Entre estos sistemas se incluye la memoria episódica, que se dedica a historias personalmente vividas y a su contexto de espacio-tiempo. Según M. Conway (2005), los acontecimientos episódicos más destacables o más relevantes para el individuo se conservan durante mucho tiempo por integración en otros sistemas de memoria, en la memoria autobiográfica. Esta última, que no se compone sólo de elementos episódicos, ya que también incluye conocimientos generales sobre la propia identidad (nombres de las personas de su entorno, por ejemplo) sacados de la memoria semántica, reúne un saber acumulado que incluye imágenes, sentimientos, olores…, presentes durante el proceso de codificación. Así, la memoria autobiográfica permite viajar en el tiempo y revivir experiencias pasadas que se proyectan hacia el futuro. También sirve para orientar cualquier acción que el individuo vaya a realizar.

La codificación y la conservación en la memoria autobiográfica de ciertos acontecimientos, así como su posterior reconstrucción a través de los recuerdos, dependen estrechamente no sólo de lo que M. Conway llama el self conceptual, es decir del conjunto de objetivos, creencias, deseos y emociones de un individuo, sino también de las experiencias que las personas viven en el presente. En este sentido, si la memoria autobiográfica contribuye a la formación del yo (véase por ejemplo Duval et al., 2009), esa memoria depende también estrechamente de lo que es el individuo y de lo que éste experimenta en un momento dado: los tres elementos se encuentran en interacción recíproca. Existe por lo tanto una interferencia continua entre la memoria, la existencia y la experiencia. En el terreno que aquí nos ocupa, esto significa a la vez que las experiencias turísticas presentes están influidas por la memoria de las últimas, y que la selección por la memoria o el olvido de los acontecimientos turísticos vividos como la reconstrucción última de los recuerdos, depende no sólo del self conceptual sino también de las experiencias actuales. Esto es lo que explica que la memoria autobiográfica turística no sea un mero depósito de recuerdos estables y fidedignos de las experiencias vividas sino un conjunto cambiante de recuerdos mejor o peor codificados que se reconstruyen regularmente a posteriori. Cuantas veces nosotros mismos quedamos sorprendidos por las deformaciones de la memoria inducidas por un recuerdo cuando lo compramos con el de nuestros allegados sobre el mismo acontecimiento. El regreso a los lugares de recuerdo para reforzarlos proporciona tanta satisfacción (la de la confrontación del recuerdo con la realidad) como desencanto (los lugares han cambiado y aún más sus habitantes). El recuerdo, la memoria de los lugares, la objetividad que se piensa obtener en ellos, se revelan a menudo como una fuente de confusión si se reiteran las experiencias de vuelta al pasado.

Los recuerdos de la infancia, o al menos sus reminiscencias, se consideran a menudo como creadores de maneras de ser y actuar, de la personalidad y del sentimiento de identidad que tienen las personas (Turmel, 1997; Conway y Pleydell-Pearce, 2000). Sin entrar en un intento de psicoanálisis, conocemos lo que representan los recuerdos de vacaciones en ese proceso. Así, muchos artículos dedicados a la memoria autobiográfica comienzan con una evocación de estos recuerdos. Debido al carácter único de la experiencia turística, las primeras vacaciones fuera del lugar de vida habitual de las que se acuerdan los niños, impregnan fuertemente su memoria autobiográfica posterior. Además de ofrecer una primera prolongación de la experiencia, estos recuerdos permiten dar un sentido preciso a lo que se conoce de antemano por las narraciones de los allegados, los libros, las películas o los medios de comunicación. La experiencia turística directa del extranjero, de la montaña, de la guerra (la visita a un campo de batalla), de la deportación (visita a los campos de concentración), de todo lo que a lo mejor de niño no se tenía conocimiento más que de manera vaga y efímera, permite dar un nuevo significado a estos territorios o a los acontecimientos de los que ellos han sido el teatro. De este modo, de impactante, esta experiencia se convierte en el punto culminante.

Por otra parte, hay que tener en cuenta que cuando se idealizan los recuerdos de la infancia, pueden convertirse en desencadenantes de la nostalgia personal. La nostalgia personal, concebida durante mucho tiempo como una patología causada por el exilio o por cualquier forma de alejamiento del lugar de residencia (Staszak, 2016), pasa a ser relacionada hoy con la experiencia individual, definiéndola como un sentimiento o una emoción de contornos muy variables: a veces vago y regresivo (Bartholeyns, 2015), a veces envuelto en una alegría melancólica (obispo, 1995), y en ocasiones como aspiración a encontrar o a revivir una época anterior que siempre es recordada como agradable (Boym, 2001). Sea cual sea la definición adoptada, se acepta el hecho de que, si la nostalgia se alimenta con los recuerdos de la infancia, en contrapartida, orienta las conductas en el presente, por ejemplo, mediante la adquisición de objetos que dan testimonio de un pasado superado (Havlena y Holak, 1991) o mediante la participación en prácticas vividas durante la infancia (Fairley, 2003).

La nostalgia histórica, relativa al pasado de los colectivos, es otro campo de investigación bien definido en el ámbito de los tourism studies, sobre todo en el marco de los trabajos dedicados a estudiar los significados que se asocian a la visita de los lugares patrimoniales (Caton y Santos, 2007; Dann, 1994, 1998; Pista, 1991; Goulding, 2001; Graburn, 1995; Hyoungong, 2005), o a los lugares relacionados con la historia familiar o étnica (McCain y Ray 2003). Sin embargo, todavía sabemos poco de cómo las personas recuerdan, olvidan, reinterpretan y actualizan su propio pasado turístico (Timoteo, 1997). Varios trabajos procedentes de las ciencias de administración sugieren que la nostalgia es un factor importante en la toma de decisión relativa a los destinos y/o a las prácticas, incluso para los jóvenes adultos (ver por ejemplo a Robinson, 2015). Otras investigaciones ponen el acento sobre las oportunidades de vuelta atrás en el tiempo que ofrecen las experiencias turísticas: C. Ryan (2010) constata que las playas forman parte de los escasos espacios donde los adultos se reencuentran con tranquilidad con el niño que duerme en ellos y, así, entran en contacto con sus recuerdos de la infancia. Más detalladamente, a través de una decena de entrevistas en profundidad con turistas ancianos alojados en la localidad de Morecambe, en el noroeste de Inglaterra, D. Jarrat y S. Gammon (2016), han podido destacar la importancia del sentimiento de nostalgia no sólo en la elección del destino sino especialmente en la experiencia vivida « in situ ». Para los entrevistados, la estancia junto al mar es la ocasión de recordar a las personas desaparecidas que han tenido significado en su vida, de recordar su propia infancia y también de tomar conciencia del paso del tiempo. Si prevalece el sentimiento de pérdida, ese mismo sentimiento queda dulcificado por la impresión que los encuestados tienen de insertar su propia estancia en una continuidad: llegados a la situación de padres o abuelos, perpetúan la tradición llevando a sus hijos o nietos al mar. Finalmente, por la presencia de un timeless environment, encarnado por el mar y la playa, los encuestados experimentan la sensación de escapar de la rutina de su vida cotidiana. Bajo estas diferentes perspectivas, las estancias en antiguos lugares de vacaciones dan prueba de « geo-piedad ». Acuñado por el geógrafo humanista Yi – Fu Tuan (2006), este término señala la relación intensa, personal e introspectiva que el individuo puede mantener con entidades geográficas específicas, sobre todo con las que se relacionan con sus propios orígenes, con los lugares donde fue criado y educado. De esta relación emocional nacen sentimientos muy fuertes que contribuyen a la construcción de la propia personalidad.

La actualización del recuerdo mediante el regreso a las huellas de las vacaciones pasadas está cargada de varios significados. Para los individuos, se trata de una dinámica que permite asegurar que estas huellas – y todos los recuerdos que comportan – no desaparezcan completamente; estar en contacto con lugares cargados de significados para ellos y de ponerlos en perspectiva es, por lo tanto, también una manera de relativizar las limitaciones y los sufrimientos de lo cotidiano. A estos hechos se añade que el desencadenamiento de la nostalgia turística constituye un contrapunto al reduccionismo espacial y temporal característico de la postmodernidad (Harvey, 2000). Este hallazgo se hace eco de la idea defendida por C. Routledge (2016) según la cual la nostalgia individual, lejos de ser una enfermedad psíquica, constituye un recurso psicológico que permite dar sentido a la vida cuando se moviliza, a pesar de la existencia diaria dolorosa o triste. Eso es lo que él ha observado especialmente en el caso de los colectivos de emigrantes.

Bajo una forma metafórica, la figura del paraíso constituye, si no el núcleo central del imaginario turístico, uno de sus principales elementos (Amirou, 2008). Desde hace mucho, se promocionan y comercializan los destinos turísticos apelando a referencias idílicas: los actores del turismo sacan de ellas las imágenes de un anti-mundo utópico y ucrónico, de un espacio primordialmente mejor, alejado de los conflictos, de los sufrimientos e injusticias del día a día (Bourdeau, 2011). Este imaginario cuidadosamente alimentado contribuye a forjar el deseo de los turistas: las prácticas de movilidad de ocio se insertan para ellos entre otras cosas en una búsqueda del paraíso. Si la figura del edén alimenta fuertemente los imaginarios y las prácticas turísticas colectivas, nosotros sugerimos aquí que la nostalgia de las vacaciones en la infancia desempeña un papel similar a escala individual. A través de su idealización por el recuerdo, la estancia turística se convierte en metáfora de un paraíso perdido original, de un estado de felicidad, de falta de preocupaciones, de simple bienestar que se trata de encontrar posteriormente.

El espacio turístico comprende pues numerosos lugares cuya visita descansa, al menos parcialmente, en la búsqueda del « paraíso » perdido de la infancia. Estos lugares de la nostalgia personal, vectores de un turismo de raíces (roots tourism), son muy variados: residencias secundarias donde se pasaron las vacaciones infantiles, alojamientos familiares ubicados en los países de origen de los migrantes, estaciones balnearias o de montañas donde se efectuaron las primeras estancias iniciáticas de la infancia… Algunos se identifican con lugares de nostalgia histórica, como aquellos en los que transcurrieron las primeras estancias de la infancia… Otros se funden con los lugares de nostalgia histórica, como son los « memoriales », que acogen a turistas en busca de las huellas de su propia historia o de una historia colectiva.

Los lugares de la nostalgia personal son aquellos a los que se va porque han sido antes lugares de vacaciones y para experimentar la sensación de vuelta al pasado en ellos. Se trata de una vuelta cíclica – y por lo tanto fragmentada – que hace función de continuum, con distintas situaciones según se vuelva hacia lugares fosilizados en su abandono (barbechos turísticos, territorios fosilizados) o hacia espacios evolucionados y transformados por la modernidad. La necesidad de no romper con el pasado, excepto con la oportunidad de reinventarlo parcialmente, favorece su transformación como elementos patrimoniales. La visita de los lugares de nostalgia personal puede de hecho llevar a actualizar espacios dejados en el olvido (Bachimon, 2013). Este es lo que sucede sobre todo con los lugares del pasado que se transforman en «memoriales». No obstante, a pesar del interés que ofrecen estos hechos, la reificación turística de la resiliencia constituye aún un campo poco explorado en el desarrollo del turismo.

La compra de una residencia secundaria, sucedáneo idealizado de la residencia principal, al quedar fuera de las limitaciones de la vida cotidiana, se inserta también en el marco de la actualización de la nostalgia personal. A través de los pasos para adaptarla a un uso normal, el individuo despierta sus recuerdos: vuelve a pensar con nostalgia en su casa de vacaciones, en la de sus padres (o abuelos), donde él pasó veranos que parecían dilatarse en un tiempo inmóvil, de días iguales unos a otros, donde el sol brillaba…, recuerdos en los que se trunca e idealiza la alternancia meteorológica. Un mundo invariable en un tiempo ideal, como congelado « para siempre »  en la memoria. El residente secundario práctica, por lo tanto, una deriva voluntarista de reapropiación nostálgica de su juventud, ciertamente pasada pero que no considera irremediablemente perdida. Es una actitud que busca la reproducción de momentos de profunda felicidad (o que así son «vividos» más tarde como tales) a través la reproducción de las primeras vacaciones en un sucedáneo de su lugar inicial. Es una deriva a la que los hijos son también asociados. Éstos podrán vivir así las mismas experiencias que sus padres en su infancia (sobre todo el apego  « visceral » al lugar). Tendrán una identidad compartida, materializada en un lugar de anclaje (punto fijo) a un territorio al que podrán aferrarse en tiempos difíciles (despido del trabajo, traslado… y todas las otras formas de separación). Es un refugio donde uno puede sentirse aislado por la distancia, pero no por el pensamiento… y al que siempre se vuelve. Es un rincón secreto polvoriento como un desván, donde el polvo aparece como un velo que cubre los recuerdos y que se quita con un trapo para encontrarlos como estaban. Sin duda que nos aburrimos durante las vacaciones y sobre todo en las residencias secundarias, pero este aburrimiento forma también parte del placer retrospectivo. El tiempo perdido, este tiempo que se estira y se diluye, se convierte en el envés de la cotidianidad enfebrecida (ecléctica, sobredimensionada, desesperada…). Este entre dos nos deja un gusto, un sabor de efluvios como el « olor a arándanos en las cestas grandes » al que se refería Aragón (1960), recuerdos que se encuentran en el sabor de un plato, en un perfume a la vuelta de un camino. Este momento de eternidad borra el reverso de esta experiencia simulada, puesto que allí se tiene el presente aparte y se sublima el pasado, idealizado por la reconstrucción de la memoria. Estos momentos de recuerdo son importantes, porque por muy provocados y rituales que sean (se rehace la barbacoa familiar en una misma fecha determinada), constituyen un paréntesis (de tiempo y decorados para la recuperación de fuerzas), una ocasión para la reunificación y el reencuentro que se consideran imprescindibles para afrontar el día a día del que estos momentos constituyen su reverso.

Sin embargo, la estancia repetida en lugares ya frecuentados en el pasado, cuando es impulsada por la nostalgia personal, puede llegar a modificar la relación de los individuos con esos lugares. En efecto, el imaginario madurado por el paso del tiempo puede entrar entonces en conflicto con los lugares que se vuelven a visitar, tanto por el cambio de objetivos y creencias individuales como por las transformaciones experimentadas por los lugares en sí mismos (Jankélévitch, 1983). Dos distorsiones pueden aparecer entonces, distorsiones que se pueden acumular pero que difícilmente se compensan, provocando a veces nuevas consecuencias. Entre el placer egocéntrico y el imperativo de la memoria, que impulsan a las personas a volver a los lugares perdidos de vista desde la infancia, surge el riesgo de una gran fractura, la que se produce entre un lugar en el que la vida ha seguido a través del tiempo y las condiciones de ese mismo lugar guardadas en el recuerdo, congelado en una época pasada. En otras palabras, buscando aproximarse a la infancia mediante la estancia en lugares que anteriormente se frecuentaron en vacaciones, el individuo toma conciencia a menudo de los cambios radicales experimentados por el territorio que ha conocido antes y que tenían idealizado en su recuerdo. Paradójicamente, la decepción que se desprende de este hecho, puede llevarle a alejarse de su infancia, incluso cuando desearía acercarse a ella. Sin embargo, esta distorsión no conduce necesariamente a una separación, pues la nueva experiencia puede ser también una fuente de alimentación del imaginario, una forma de reactivación…que se convierte a su vez en creadora de recuerdos mezclados… y transformados en recuerdos de vacaciones.

Experiencia turística acumulativa, representaciones mentales y elección de vida

Con ocasión de la recensión de dos obras sobre la historia del turismo en Estados Unidos, A. Lew (2010: 568) subraya la influencia fundamental de sus experiencias turísticas de infancia en su orientación profesional posterior: « Summer family vacations were an important part of my early experiences, and may have contributed to my adult interest in tourism and travel as both a vocation and an avocation ». A través de esta anécdota, saca a la luz el carácter potencialmente transformador de las vivencias turísticas. Las experiencias sucesivas de viaje no hacen sino jalonar una vida compuesta de una sucesión de episodios que unas veces se orientan al trabajo y otras al ocio y el turismo. En efecto, estas experiencias contribuyen también a cambiar la mirada sobre la vida, los lugares, los otros y el sí mismo, por lo que influyen fuertemente en el curso de la existencia de las personas (Brown, 2009; Hampton, 2007).

Tras J. Urry (1990), se acepta normalmente que la percepción del paisaje y de sus componentes, el relieve, el urbanismo, la arquitectura, la naturaleza, se asocien con fuerza al viaje. A la inversa, se considera verosímil que el conocimiento de territorios exóticos haya llevado a la desvalorización urbanística y representativa de las zonas suburbanas y periurbanas, convertidas en «no lugares» (Augé, 1992) que se asocian al funcionalismo. Esta relación secuencial con el entorno no se produce sin retroacciones «positivas». La acumulación de experiencias lugareñas ha condicionado también el hábitat habitual, en primer lugar, el «hotelito» en los suburbios desde su aparición. Mirando fotos antiguas de entre guerras, uno se sorprende de ver como el modelo de la casa de campo estaba influyendo la tipología del nuevo hábitat (casa pequeña de madera o cañizo, jardín rodeado de flores exóticas…), sabiendo que el alejamiento del centro de la ciudad permitía disfrutar del contacto roussoniano con la naturaleza, lo que, por otra parte, ya había anticipado unas décadas antes el chozo al que muchas personas acudían a pasar las tardes del domingo. Al final, la vivienda unifamiliar suburbana habría funcionado como un antes (un sustituto a la salida de vacaciones porque había que pagar el préstamo) y un después de las vacaciones… un sustituto del otro lugar entre dos estancias turísticas. En cualquier caso, la experiencia turística induce a su comparación positiva frente a lo cotidiano, incluso al precio de lo paradójico, pues si el lugar evocado es mejor que el aquí indiferenciado, nada impide que « yo no pueda vivir allí » o « al menos que yo vaya allí cuando alcance la edad de la jubilación ». De este modo los lugares de turismo no son sino paisajes, contextualizaciones transitorias o diferenciadas.

También sucede que las experiencias turísticas provocan verdaderos cambios de vida, especialmente cuando abocan a cambios del lugar de residencia principal mediante una migración permanente o una estancia de varios meses al año en un lugar de vacaciones (véase, por ejemplo, Frändberg, 2008). Incluso, hay acontecimientos inesperados o impactantes relacionados con esas experiencias que pueden provocar transformaciones significativas, así, Duhamel (1997) ha demostrado como la sobrerrepresentación de las mujeres entre la población extranjera de las Islas Baleares es resultado, entre otras cosas, de un gran número de matrimonios mixtos entre mujeres de Europa del norte y hombres españoles, contraídos tras una estancia de vacaciones de las primeras.

Por otro lado, las migraciones a lugares de vacaciones se insertan en el marco de proyectos de vida que se preparan durante mucho tiempo, porque existe por definición una fuerte atracción de los lugares turísticos sobre las personas, y esa atracción puede despertar el deseo de vivir permanentemente en ellos. De ese modo, la movilidad definitiva inducida por el turismo, que algunos colocan dentro de la categoría de lifestyle migrations (Benson, 2016), se ha convertido en un fenómeno de masas, sobre todo bajo la forma de migraciones de jubilación (King et al., 1998). Los numerosos trabajos dedicados a esta últimas revelan la variedad de ámbitos de elección en los destinos turísticos nacionales o internacionales, tanto en Europa como en América del Norte (Decroly, 2003). Las encuestas realizadas a jubilados después de haberse instalado en esos destinos, muestran que la elección del nuevo lugar de residencia se halla siempre muy condicionada por alguna experiencia turística previa en ese mismo entorno, sobre todo cuando se trata de estancias recurrentes en una residencia secundaria.

La relación entre experiencias turísticas y trayectorias de vida

Al final de este análisis, se confirma que las prácticas turísticas se enmarcan en las trayectorias del ciclo de vida. Así, para comprender las primeras, conviene interrogar a las segundas y viceversa.

Más allá de la apariencia, no se puede reducir cada secuencia turística momentánea a un paréntesis temporal, puesto que la experiencia se construye en gran parte sobre la discontinuidad espacio-temporal que induce como un intersticio cíclico agrandado con una dimensión retroactiva cuando se aspira a la nostalgia. Las imágenes de nuestras trayectorias de vida se inventan sobre la complementariedad de la vida diaria y su ruptura turística. Las vacaciones representan un paso hacia atrás, como se dice metafóricamente «una toma de distancia » con lo que parece como más repetitivo en el día a día de, sin cortes lacerantes. El turismo proveedor de experiencias bien podría ser una de las mejores ocasiones para construir las identidades soñadas que se expresan a través de la narración de recuerdos que son muy diferentes de los de aquellos que nunca salen de vacaciones. Ante todo, como un momento privilegiado que es de receptividad, la experiencia turística funciona como una alternativa a la rutina del día a día; considerada proclive al debilitamiento de los sentidos comunes, permite salir de las tareas repetitivas y es una de las maneras de olvidar el paso del tiempo para soportarlo mejor

Se llega así a una concepción paradójica de la experiencia turística. Sería el «soft » de la experiencia de la vida, puesto que se adquiere entre un paréntesis y en un tiempo corto e intenso que sólo se convierte en tiempo completo con la edad de la jubilación, paradoja pues de una experiencia esencial necesariamente separada de la realidad cotidiana, el « hard » de alguna manera. ¿Sería pues, por lo tanto, causante de bipolaridad? Tenemos recuerdos de momentos seleccionados que se identifican con un mundo ideal, la playa de verano, el parque de atracciones, una isla paradisiaca…, un stock de recuerdos poco vinculados con nuestra experiencia habitual. Así, esta excepcionalidad formaría parte de un imaginario separado, en apariencia elegido e ideal, frente al otro imaginario, el del mundo habitual, que sería el soportado. El incremento generalizado de las prácticas turísticas que caracteriza a nuestras sociedades, podría ser considerado entonces como un intento de extender la magia turística (Picard, 2011) a la vida cotidiana. Pero también sería como un principio de esclavitud, el precio ideológico que habría que pagar, lo mismo que sucede con una creencia religiosa, el anestésico capaz de hacer soportable lo cotidiano.

El turismo de nostalgia personal no hace sino amplificar este fenómeno en el contexto inacabado de una imposible vuelta atrás. Recogiendo las palabras de Yankelevitch (1983): « el viajero (que) vuelve a su punto de partida, ha envejecido mientras tanto », y regresa a un lugar que ya no es lo que era. Esta doble separación, espacial y temporal, representa desde su punto de vista « un hueco temporal dentro del ámbito espacial que la inquietud nostálgica fascina y asusta ». Un círculo vicioso – el de la rutina turística como retroalimentación – del que resulta difícil salir de cualquier manera, si no es bajo el riesgo de ruptura con el pasado y peor aún, del entierro de los recuerdos.

Consideraciones sobre las experiencias turísticas

Los textos presentados en este número de Vía@ se separan bastante del enfoque vivencial del turismo en términos de las trayectorias de vida, del enfoque que había sido el objeto de la primera convocatoria. Para adelantar el contenido de los textos aquí recogidos y poner de manifiesto sus relaciones con el eje conductor del número, retomamos la estructura adoptada antes

Los cuatro primeros textos se interrogan, más o menos, de cerca o de lejos, por la singularidad de la experiencia turística. Hécate Vergoupolos, en primer lugar, nos ofrece un estimulante análisis crítico de cómo se aborda el tema de la experiencia en el campo de los tourism studies. Después de comprobar que muchas investigaciones se centran sobre un concepto muy amplio y no discriminatorio de la experiencia turística, como “modo de aprehensión de todo lo que sucede en la práctica del turismo”, el autor destaca dos tendencias principales en la definición de esta experiencia. La primera la considera como un proceso acumulativo: es a la vez lo que se vive con ocasión de una estancia y lo que el individuo saca de ella como aprendizaje. Tal enfoque lleva, por lo tanto, a relacionar estrechamente experiencia turística y trayectoria de vida. La experiencia se concibe como “capital de conocimiento o costumbres”, como algo que se construye y se reconstruye continuamente al compás del ciclo de vida. Una segunda tendencia considera, por el contrario, la experiencia turística como un fenómeno instantáneo, un momento de la vida, que debe cumplir las expectativas de proporcionar placer y satisfacción a la persona. Hécate Vergopoulos investiga a continuación la relación entre experiencia turística y autenticidad, mostrando que una experiencia turística, en cuanto que es una forma de relación con el mundo del turismo, tiene siempre un carácter auténtico, sean cuales sean las características de la oferta: “así podemos quedar realmente decepcionados ante una farsa que se reconoce como tal

El artículo de Laurent Gagnol y Pierre-Antoine Landel sobre la puesta en valor turístico de la arena de las dunas en el desierto marroquí se pregunta también por el carácter singular de la experiencia turística. Demuestra que el erg Chebbi, cerca de Merzouga, forma parte no sólo de las visitas guiadas sino también de baños en la arena que se consideran terapéuticos. Lejos de ser una especificidad marroquí, estos baños, que se relacionan con un “termalismo” seco, se practican simultáneamente por turistas marroquíes e internacionales, deseosos de aprovechar las propiedades medicinales atribuidas a la arena de Merzouga. En dos aspectos al menos, la inmersión del cuerpo en las dunas de erg Chebbi es una experiencia singular que rompe con la rutina de la vida cotidiana. En primer lugar, el acto en sí mismo proporciona una sensación única, que rompe con las que pueden proporcionar otras prácticas terapéuticas o de bienestar, sobre todo las que se realizan en tiempos y espacios de la vida cotidiana, como la sauna o el “hammam”. Además, estas sensaciones son enriquecidas seguidamente de alguna manera, tanto por los significados que los turistas dan al entorno físico y social en que se desarrollan como por los servicios que la población local ofrece (la venta de leche de camella en la visita de los mausoleos de los Santos en el Tafilalt) para recrear “un ambiente sano y auténtico como se consideraba que era el de los beduinos en sus orígenes.”

El artículo de Juliette Augerot sobre la percepción mental del sitio de Angkor permite matizar el carácter singular de la experiencia turística. El autor subraya, en efecto, que los turistas jóvenes que van allí lo han conocido mucho antes por algún curso, por los libros escolares o de la biblioteca, y también por reportajes. El sitio es en sí mismo, por lo pronto y en primer lugar, una abstracción literaria, cinematográfica… y en definitiva una imagen mental. Y como nos lo recuerda la autora, en el momento de su experimentación turística se enfrenta a su adecuación con las imágenes mentales previas con las que llegan los visitantes. De esa adecuación se desprende precisamente la satisfacción o decepción de la visita. Por esta razón, los responsables del lugar han retirado del sitio todo lo que pudieran suponer elementos del presente no deseados, incluso las personas que vivían en los alrededores de las ruinas, para darles la solemnidad de un objeto congelado fuera del tiempo que corresponda a la demanda de memoria histórica real. Estas ruinas representarían la memoria muerta de una civilización antigua, desaparecida, al margen de la civilización actual. Este ajuste es importante para la conservación de lugares que se consideran dormidos y que sólo se desean despertar con ocasión de visitas guiadas y de visitas turísticas de interpretación. En esas circunstancias, reina un silencio atento por parte del grupo. Una ruina es en sí misma un lugar sagrado, con un mínimo de interferencia con el exterior… incluso si eso supone que los habitantes que formaban parte de la vida interior del lugar y que representaban la continuidad con los viejos tiempos a través de la tradición, tengan que irse a vivir a otro lugar. Es una desafección que se hace pues por conformismo.

El artículo de Rémy Tremblay sobre « Floribec », el espacio de los emigrantes y turistas de Quebec establecidos en Florida, lleva también a matizar la singularidad de la experiencia turística. A través del doble juego de una inmigración laboral antigua, que se remonta a la década de 1930 con ocasión de las grandes obras de saneamiento de los pantanos de Florida, y de la entrada regular de turistas procedentes de Quebec, «Floribec» ha surgido en las ciudades de Hollywood, Dania y Hallandale, en la zona suburbana Este del área metropolitana de Miami; es una aglomeración de tiendas que ofrecen productos y proporcionan servicios a una clientela procedente de Quebec. Esta aglomeración forma un «islote étnico». Por la lengua utilizada, los productos vendidos y el estilo arquitectónico dominante, este islote ayuda a reducir la alteridad experimentada por los turistas de la “Belle Province” cuando visitan Florida. En este sentido, la experiencia vivida en el lugar turístico se acerca más a las experiencias diarias en el lugar habitual de origen.

A través del análisis histórico de las colonias de vacaciones establecidas en Rímini, en Italia, Fiorella Dallari e Alessia Mariotti contribuyen al campo poco explorado del turismo de los niños y por consiguiente al de la construcción acumulativa de la experiencia turística. Para las generaciones anteriores a las vacaciones pagadas, las colonias de vacaciones constituyeron la primera experiencia para los niños de acceso al ocio y ello fuera del círculo de residencia familiar o del pueblo. Y es sabido que el fascismo y las dictaduras han hecho de estas situaciones ocasiones privilegiadas para el adoctrinamiento, teniendo en cuenta la repercusión de los jóvenes adolescentes sobre sus familias. Por otra parte, también hubo colonias en forma de ciudades populares. El «Partido» (sobrentendido “Comunista”), al frente de los colectivos obreros promovió también sus colonias de vacaciones municipales (con sus «exploradores»), para contrarrestar las de los “Scout” de las parroquias. Intenciones políticas y doctrinales marcaron así la experiencia colectiva de las Colonias, que marcaban una ruptura con la protección maternal de la infancia y establecían una especie de rito de transición respecto a ella. El baño en el río y mar, con el rito del paso a la casi completa desnudez y el aprendizaje de la natación, a su vez con la separación de los sexos, quedaba en la mente como el tiempo de una fuerte experiencia colectiva (dentro de un grupo encargado a un monitor, durmiendo en dormitorios colectivos y comiendo en cantinas). La experiencia de las colonias se prolongaría con la de los albergues de juventud y los clubes de vacaciones (Club Med, compuesto por GM (Gentils Membres) fue durante mucho tiempo una experiencia colectivista) y debía permanecer según sus promotores como recuerdo de una juventud alentadora de una vida adulta altruista al servicio de su país.

El relato de Aimé Vincent, industrial textil de principios del siglo XX, recopilado por Franck, Petit, alimenta la reflexión sobre la relación entre turismo y nostalgia. De hecho, se evoca un viaje familiar como soporte de una memoria familiar, sin un destino colonial. El citado Aimé sale para descubrir con su familia las colonias del norte de África a principios del siglo XX. Este viaje no es sin motivo oculto para establecerse en Constantina en una época considerada de oportunidades, para lo que consulta a algunos notables del lugar. Finalmente, no se instala allí finalmente, pero el recuerdo de este viaje entre sus niños tiene algo de iniciático. Es una tierra de sueños, en las que se ha adquirido y compartido una memoria familiar. Está hecha de “curiosidades”, los aspectos más superficiales y exóticos como el paisaje, el folclore, los “nativos”… y los elementos de la modernidad colonial como el ferrocarril, las carreteras, los colonos. La decisión de Petit de Franck, un descendiente de Aimé Vincent, de publicar (de manera parcial y comentada) este texto familiar, se inserta en el deseo de dar publicidad a un texto perteneciente a la intimidad de la memoria familiar. El diario de Aimé Vincent queda como un episodio feliz en los albores del siglo XX, antes de las dos guerras mundiales que van a conmocionar a esta familia del Este de Francia. Es un episodio que no se quiere dejar en el olvido de la rutina diaria y de los acontecimientos más tristes que tuvieron luego lugar. Se convierte en una referencia en las conversaciones: “¡sabe usted sabe que hemos estado a punto de vivir en Argelia!” … y este pasado anterior, esta profecía retrospectiva incumplida, adquiere todo su sentido cuando se produce la descolonización, 50 años después de este viaje: “Aimé había hecho finalmente la elección correcta porque de otro modo hoy estaríamos en la marea de los repatriados”. El acto frustrado, el viaje turístico que habría podido tener continuidad en la emigración, adquiere así un valor interpretativo e identitario. En este caso, tiene incluso un valor muy positivo, de vínculo irrompible con África del Norte donde los descendientes de Aimé van a buscar sus pasos. Se está por lo tanto en un país conocido: el diario, como las fotos que lo acompañan, están guardadas en una caja, constituyen referencias fijas, aunque también relativas porque los textos envejecen, las fotos amarillean mientras las poses de los personajes ante el fotógrafo representan las imágenes de una época periclitada. Sin embargo, Franck Petit, al visitar Túnez nos comenta que tomó una foto de la misma ciudadela bajo el mismo ángulo de visión o que intentó encontrar a descendientes de los “nativos” fotografiados. Así las trayectorias turísticas de los descendientes vienen a veces a insertarse en las de sus antepasados y más aún cuando podrían haber sido trayectorias de vida compartidas. Este turismo de nostalgia toma entonces mayor amplitud, al comportarse como una prolongación cultural del turismo identitario.

El texto de Joan Carles Membrado, Raquel Huete y Alejandro Mantecón sobre el turismo residencial en España ilustra las relaciones entre experiencias turísticas acumulativas y opciones de vida. Después de subrayar la magnitud del fenómeno de la instalación de las personas mayores procedentes de Europa del Norte en la costa mediterránea de España (se multiplicaron por 7,5 a los jubilados europeos en España entre 1991 y 2002), los autores destacan su impacto sustancial sobre la ordenación del territorio, el inmobiliario, el medio ambiente y las estructuras de actividad de la Costa Brava. El turismo residencial no sólo ha contribuido a llenar de cemento la costa, sino que ha alimentado la burbuja inmobiliaria española que estalló en 2008, dejando maltrecha la economía nacional, desestabilizando su gobierno y cambiando los modos de vida de los españoles. La falta de control durante 20 años de la instalación de jubilados ha tenido impacto también sobre el entorno costero, contribuyendo a modificar el empleo local, dominado actualmente por los servicios a la persona. Esta expansión suburbana conducirá también a descalificar la experiencia turística de los jubilados en barrios en permanente construcción, con su consiguiente deterioro de calidad de vida por la densificación. También esta modalidad de urbanización vinculada directa e indirectamente al turismo ha provocado pérdida de valor del destino heliotrópico, un fuerte consumo de agua allí donde es escasa, un elevado coste de la energía y cada vez más problemas de congestión urbana sin que se pongan en práctica políticas de servicio público. Todo hace que la estancia resulte cada vez menos agradable en un entorno en vías de degradación. Este declive del destino y por lo tanto de la experiencia provocan el deterioro de la vida cotidiana de los mismos españoles. Por haber participado en la locura especulativa inmobiliaria turística y haberse endeudados mucho, familias enteras han perdido su inversión, se ven obligadas a encontrarse a diario en el estrecho apartamento familiar de sus padres, a veces en la habitación de cuando eran niños, y los más jóvenes, afectados por el desempleo, se ven impelidos a alargar su etapa de “solteros”. Así se dibuja la otra cara de la trayectoria paradójica: turismo-inmobiliaria.

Como cierre de la parte temática de este número, Anna María Fernández Poncela se interesa por la mirada de los niños y adolescentes que viven en un destino turístico (Huasca de Ocampo en la provincia de Hidalgo al México) en relación con la experiencia que se deriva de su contacto con los turistas. Parece que los estudiantes de educación pública que fueron entrevistados toman conciencia de su patrimonio con ocasión de la llegada de los turistas a los que contemplan con cierta indiferencia, pero a los que dan un valor (económico y cultural) muy positivo cuando se acercan a la edad adulta. La experiencia turística de los visitantes con los que se cruzan en la calle a la salida de la escuela, del colegio o de escuela secundaria muestra a los jóvenes de Huasca de Ocampo el interés de su territorio a ojos del resto del mundo. Esta mirada exterior contribuye activamente a la formación de la imagen mental que los jóvenes se hacen de ellos mismos y de su entorno. Constatando con que la experiencia de los demás se refleja sobre la trayectoria de vida de aquellos que son visitados, Anna María Fernández Poncela saca a la luz una forma singular de relación entre experiencia turística y trayectoria de vida.

En resumen, podríamos retener de este número que la aparente simplicidad del ciclo turismo, un viaje de ida y vuelta, puede ser asimilado a lo largo de toda una existencia, debido a su repetición y a la acumulación de experiencias en un movimiento en espiral. El turista vuelve a su punto de partida con una nueva experiencia que se añade a las precedentes y que sirve de punto de partida a las siguientes. Regresamos lo más menudo que podemos a la residencia secundaria, se vuelve a los lugares de vacación de juventud, se evitan aquellos lugares donde la experiencia ha resultado negativa… Por supuesto, podemos quedarnos con este aspecto mecanicista porque la memoria, y sobre todo la de las vacaciones, es selectiva, los recuerdos no son más que la parte emergente – de recuerdos fortuitos o provocados – mientras que otras experiencias permanecen ocultas en el subconsciente. La memoria es sobre todo una deconstrucción/reconstrucción del hecho de las vacaciones cuyo estatus de excepcionalidad hace de ellas un tiempo propicio para la fabricación de marcadores significativos sobre los que se consolida el recuerdo.

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Traducción Francés > Español

Alfonso Fernández Tabales, Universidad Sevilla

 

[1] Desde mediados de los años 1990, uno de los que firman este artículo, sensibilizado con la metodología de las historias de vida por sus intercambios con Françoise Cribier (directora de investigación en el C.N.R.S.) y su equipo, deseaba iniciar trabajos sobre el tema al que se consideraba que se le había prestado poca atención de la relación entre la elección de los destinos turísticos y las experiencias de las vacaciones en la infancia y la adolescencia dentro de la familia. Fue así como se planteó esta cuestión como propuesta de tema de DEA, defendido en la universidad de Paris 7 – Denis Diderot en 1997 por C. Duflot (bajo la dirección de R. Knafou), aunque desgraciadamente no tuvo continuidad con una tesis, la doctoranda, apenas en su fase inicial, prefirió orientarse hacia otros estudios con salidas menos aleatorias antes de empezar una carrera política.