Saliendo del camino trillado
O cómo me hice investigador en turismo

Dean MacCannell

 

 

Pour juger d’un homme, il faut suivre longuement et  curieusement sa trace
[“para juzgar a un hombre, hay que seguir largamente y curiosamente su rastro”]
Michael de Montaigne, Ensayos V. 1

 

La expresión “salirse del camino trillado” es tan antigua como escribir sobre turistas y como turista. Indica un intento de experimentar más, o de manera diferente a, las manadas de turistas que fueron antes o que vendrán después. La metáfora de un trecho o de un camino siempre implica una ética. Los guías espirituales de los protestantes fundamentalistas les amonestan con “quedarse en el recto y estrecho” sendero. Los guías turísticos fundamentalistas ofrecen la oportunidad de “salir del camino trillado”. Estos tipos de consejos se oponen sólo superficialmente. Cada uno denota una casuística que puede ser aplicada a ciertos comportamientos, como buenos o malos. Se supone que un buen o una buena turista ha de encontrar la manera de ir abriendo camino, idealmente de salirse tanto del camino trillado que ya no sea llamado o llamada “turista”. La literatura de investigación sobre el turismo evoca distinciones morales entre viajeros que abren camino y viven experiencias auténticas, frente a turistas, o meros turistas, que se mantienen en el camino trillado y tienen pseudo-experiencias.[1] Siempre albergué la esperanza de que los investigadores en turismo serían capaces de hilar más fino. Lucy Lippard sostiene convincentemente que los lugares de encuentro para la intervención del arte crítico en las formas en las que nos vemos nosotros mismos y el mundo que nos rodea, pueden encontrarse justamente en el sendero turístico trillado.

Mis primeras experiencias fuera del sendero trillado

Según estándares rigurosamente objetivos, cuando dejé de ser un niño a la zaga, mis primeros momentos turísticos fueron abriendo camino. Como adolescente recientemente trasplantado de Seattle a San Diego, cada fin de semana que podía irme cruzaba la frontera de México a Tijuana o viajaba al sur a Ensenada para disfrutar de las ventajas de las pocas restricciones en cuanto a la edad mínima para entrar en los bares y clubes de striptease mexicanos.

2016-1(9)-TEM1-Fig1Figura 1. Fotografía de Dean MacCannell de una turista haciendo una foto, Ensenada, BC Otoño, 1957.
Fuente: Autor.

No había mapas de Baja California al sur de Ensenada y San Felipe. En 1957, la costa era conocida pero el interior estaba todavía poco explorado y no había sido cartografiado. Se decía que el mítico Picacho del Diablo era el punto más alto de San Pedro Mártir, pero nadie conocía su altura exacta, su localización exacta o incluso su propio nombre. [Figura 2]

2016-1(9)-TEM1-Fig2Figura 2.Cerro De La Encantada también llamado El Picacho del Diablo visto desde el Desierto de San Felipe. 
Fuente: Imagen no atribuida de internet.

Hoy en día se sabe que mide 3.095 metros o 10,125 pies. Algunos de los turistas que se aventuraron en las montañas y desiertos de Baja nunca volvieron. Los pocos que se perdieron y pudieron salir vivos fueron salvados por Edward Douglas (“Bud”) Bernard, caminante y explorador legendario de la zona [Figura 3]. Cuando alguien desaparecía en Baja, Bernard era el primero al que llamaban tanto las autoridades mexicanas y estadounidenses como las familias de los seres queridos perdidos.



Figura 3. Bud Bernard (a la izquierda) y Pat Donovan cerca de la cima de El Picacho Del Diablo.
Fuente: Fotografía de Louise Werner. Fuente: From Climbing and Camping in Baja, de John Robinson, 1967

Bud Bernard intentó escalar Picacho Del Diablo en 1948 y alcanzó con éxito la cima en su tercer intento en solitario en 1955. El suyo fue el quinto ascenso llevado a cabo y la 16ª persona conocida que llegó a la cima. Sus exploraciones establecieron la primera vía marcada hacia la final vertical de 1000 pies. Las siguientes expediciones que llegaron a la cumbre siguieron sus pasos. Llamó a su vía hacia la cima “Slot Wash”, uno de los nombres más estables de lugar en la montaña o cerca de ella [Figura 4].

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Figura 4. Ascenso por la vía “Slot Wash” de Bernard hacia la cima.
Fuente: Fotografía de Dean MacCannell, abril 1959.

Conocí a Bud Bernard en el desierto de Anza Borrego cuando tenía 17 años. Me enseñó la supervivencia en el desierto, llevándome a sitios donde había encontrado a senderistas perdidos, muertos o casi muertos, y mostrándome las plantas, los animales y los recursos en agua cercanos que desafortunadamente no habían sabido utilizar. Durante tres años fuimos un equipo de escalada en el sur de Sierra Nevada y Baja, antes de que dejase San Diego State College para seguir con mis estudios de antropología en Berkeley.

Mi primer intento de ascenso al Picacho del Diablo con Bud y otros dos en abril de 1958 fracasó [Figura 5].

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Figura 5. Cerca de la entrada del Cañón de la Media. Bud Bernard está de pie a la derecha.
Fuente : Fotografía de Dean MacCannell, abril 1958.

Después de haber marcado la vía Slot Wash tres años antes, Bud estaba obsesionado con la perspectiva de encontrar otra vía, tal vez más fácil. Aunque la Slot Wash era realizable, también tenía la reputación de ser una “destripadora”. Así que nos adentramos en un prometedor cañón que no había sido explorado nunca. Nos frenaron unas desafiantes paredes verticales y un impenetrable matorral espinoso, y finalmente nos detuvo una borrasca de nieve antes de llegar a la cima [Figura 6].

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Figura 6. “Abriendo camino”. Cima de Picacho del Diablo desde un acercamiento por una vía no estándar.
Fuente: Fotografía de Dean MacCnnell, abril 1958.

Bud se alegró de saber que el cañón que llamaba “La Media” no era un buen acercamiento, pero le decepcionó mi intento fallido en alcanzar la cima y se culpaba de nuestra obstinada excursión fuera del sendero conocido. Creo que estaba más decepcionado por mí que yo mismo.

Un año después, en abril de 1958, Bud me mandó con una carta de introducción al Sierra Club de Los Angeles que planeaba el mayor asalto a la montaña jamás intentado hasta entonces [Figura 7].

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Figura 7. Los escaladores de Los Ángeles se preparan a la entrada del Cañón del Diablo.
Fuente: Fotografía de Dean MacCannell, abril 1959.

Alcancé la cumbre con este grupo de extraños que estaban fanáticamente preparados y decididos en su propósito en ser el mayor grupo en llegar a la cima y que diligentemente seguían la comprobada vía de Bud. No deseaban salirse del camino trillado. Empezaron dieciséis y trece alcanzaron la cima [Figuras 8, 9, 10].

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Figura 8. Llegando a la cima de Picacho del Diablo con el desierto de San Felipe y el golfo de California al fondo.
Fuente: Fotografía de Dean MacCannell, abril 1959.
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 Figura 9. En el Pico Sur de la cima de Picacho del Diablo. 
Fuente: Fotógrafo desconocido. Posiblemente John Robinson, abril 1959.
2016-1(9)-TEM1-Fig10Figura 10. Dean MacCannell en el Pico Norte de la cima de Picacho del Diablo.
Fuente: Fotógrafo desconocido, abril 1959.

Al año siguiente, mi tercer intento fue con Bud y otros dos escaladores. Tuvimos que escalar la montaña por el oeste, rapelar por la escarpadura, atravesar dos millas por la pared del precipicio para llegar al la base del pico y pasar por la Slot Wash para llegar a la cima. Nuestro fracaso fue rotundo. Después de rapelar nos dimos cuenta que uno de nuestros compañeros escaladores había sobreestimado sus fuerzas y sus habilidades y era incapaz de continuar. Tuvimos que cargar con él y su mochila más de 1000 pies en vertical, con sólo dos o tres sitios bastante anchos como para descansarlo. Y era el de más peso del grupo. Cuando volvimos de lo alto de la escarpadura vimos que nuestro equipo de apoyo había tenido que abandonarnos porque los caballos habían enfermado.

¿Viajero frente a turista?

Así que ahí va la pregunta: ¿era yo un viajero en Baja y un turista cuando fui al zoo de San Diego con mi clase, o hice novillos para pasar el día en la playa con mi novia? ¿fueron mis experiencias en el Cañón de la Media más auténticas que el tour guiado que saqué del periódico de la Asociación de San Diego como estudiante de último curso de bachillerato? Por esa razón, ¿fue mi ascenso por La Media más auténtico que cuando fui con los escaladores de Los Ángeles por el sendero probado del Cañón del Diablo y la Slot Wash? Pensándolo, no puedo encontrar nada en mi mente, entonces o ahora, que pueda justificar dividir las condiciones existenciales de mi curiosidad adolescente en dos tipos humanos éticamente opuestos: turista frente a viajero. No hay vida humana que transcurra en el sendero trillado o fuera de él. Nuestras vidas siguen el sendero trillado o abren camino, pero sobretodo cruzan los caminos de otros y dado el número infinito de vías posibles, estamos en el sendero trillado, pero también vamos abriendo camino y nos cruzamos todo el tiempo.

Con todos los problemas que se presentan al concebir a los turistas como dentro y fuera del camino, este modelo es seguramente mejor que el enfoque normativo convencional. Éste entiende el turista como un papel social en una organización ficticia. Ahora tenemos relatos de tipos de turistas con respecto a temáticas: “patrimonio”, “raíces”, “revolución”, “deportes”, “ecología”, “negro”, “muerte o tanato-turismo”, “médico”, “aventura”, etc. No se conoce disciplina académica importante que se haya construido jamás añadiendo series de tipos excluyentes como en “estudio turismo de crucero, ella estudia escaladores, y vosotros podéis estudiar los demás”. Si esto se convierte en la estrategia retórica por defecto, la disciplina académica se mantendrá siempre más allá del alcance de todas y cada una de las ramas de investigación. Y nunca tendremos una disciplina. “El turista” no es un tipo de ser humano o incluso un tipo de consumidor. Y desde luego los turistas no están previamente ordenados en tribus. Es un tipo de encuentro, con suerte una interacción, que cualquiera puede realizar en cualquier momento con variaciones específicas de estados mentales. Un tipo de “momento”, por así decir. [2] Entenderlo como un estatus o papel o una clase demográfica o una categoría seguirá llevándonos más allá de la verdad de nuestro objeto.

Esquema paradigmático de la disciplina académica del turismo

La figura 11 es un esquema que propongo del campo de encuentros turísticos. El principio rector es la hipótesis según la cual el turismo producirá sus eventos y encuentros si prestamos mucha atención a la intersección del deseo del turista y la estructuración de la experiencia del turista.

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Figura 11. Continuum del Deseo del Turista. 
Elaborado por Dean MacCannel, 2014.
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 Figura 12. Continuumde la estructura del turista.
Elaborado por Dean MacCannel, 2014.
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Figura 13. Gráfica del deseo del turista / Estructura.
Elaborada por Dean MacCannell, 2015.

La figura 14 es el ideal de industria de mi “zona III” porque propone una congruencia perfecta entre unos híper-estructurados marcos turísticos totalizadores y el deseo turístico de satisfacción y refuerzo del ego.

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Figura 14. Hyatt, el ‘teleotipo’ de la Zona III.
De vez en cuando sucede. Algo de tiempo libre en tus manos y una ciudad entera a tus pies. Sin embargo, no le tengas miedo. Hyatt te ayudará… encontrarás el entretenimiento que deseas aquí en el hotel. Date el gusto de una relajante visita a nuestro spa o salón. Estírate en nuestro centro de fitness. Prueba la cocina exótica o coloca las bolas en la mesa para la partida de billar… En caso de que te encuentres con un momento libre, o dos, te ayudaremos a aprovecharlos al máximo.”

Como observadores y científicos no deberíamos intentar aplicar nuestros presuntos marcos morales sobre la miríada de maneras en las que los humanos saciamos nuestras curiosidades. Nuestra tarea es descubrir la ética que nuestros encuestados creen estar expresando a través de sus acciones, no la de adaptar una ética sobre ellos –descubrir lo que los turistas creen estar haciendo cuando confirman la distinción moral entre los que viajan por el sendero trillado frente a los que no, o los que se creen superiores a, o con más derechos que, sus anfitriones– ni la de compartir la ética de los que así piensan.

En los últimos veinte años, la ciencias humanas y sociales se han mostrado algo susceptibles a las construcciones moralizadoras previas a la observación y a la construcción de modelos conceptuales. La oposición turista / viajero es sólo un pequeño capítulo en un proyecto mayor de corrección política.

La disciplina académica del turismo viene definida a través de la diferencia cultural o la diferenciación, y siempre pone en juego múltiples perspectivas éticas. Es importante que los investigadores en turismo mantengan su mente abierta a las diferentes éticas que puedan encontrar y especialmente a las maneras en que estas éticas se miran unas a otras y se transforman. Como principio metodológico esta apertura es tal vez más decisiva que la anterior condición de “relativismo cultural” para los antropólogos. Nuestro objeto no es simplemente una u otras culturas diferentes. Nuestro objeto es la interacción de representantes de múltiples culturas diferentes y los productos de esas interacciones.[3]

Tourismo y éticas híbridas

Los hombres y las mujeres con los que escalé en Sierra Nevada y México en la década de 1950 eran férreos defensores del medioambiente antes de que esto se convirtiera en una marca distintiva. Acatamos con rigor un código moral de preservación del medioambiente. Enterramos los restos de nuestras hogueras y cargamos con todas nuestras latas, bolsas de aluminio, botellas de plástico, papel y demás basura de vuelta a la civilización para una adecuada eliminación de nuestros desechos. Cuando encontramos basura abandonada por otros, también la recogimos, criticando alto y fuerte a aquellos desconsiderados que no habían limpiado tras de sí. Aquí va una lección sobre cuadros morales que pronto aprendí en el Cañón de la Media. Estábamos en una garganta que no había sido mencionada en notas o diarios de exploradores anteriores. Habíamos estado compartiendo la idea de que ninguna persona blanca había pisado nunca ese suelo, y disfrutábamos de ella. Pero entonces nos encontramos con lo que había sido, sin lugar a dudas, un campamento anterior. Era un círculo de rocas chamuscadas que contenía un montón desparramado de carbón vegetal, y tirados al lado, unas latas viejas, un paquete de tabaco podrido y una botella de whisky. Supusimos que habría sido hecho por Donald McLain, cuarenta y tres años antes, durante su expedición de 1914-1915. Ésa parecía ser la edad de los escombros. Pero ningún tropiezo por el cañón, entonces sin nombre, había sido referenciado en un diario o cuaderno de notas de McLain.[4] La idea de que pudiésemos ser los primeros blancos en poner nuestros ojos en ese sitio dio lugar a una ola de solidaridad con McLain o cualquiera que hubiese sido el que pasó por allí antes. Le estábamos agradecidos por haber dejado su basura para que la encontráramos y nos reconfortaba la idea de que no estábamos solos, al menos en espíritu. Era una “basura reliquia”. La idea de condenarla o quitarla nunca se nos pasó por la cabeza. En realidad nos pusimos a hacer todo lo contrario –construir con piedras montones protectores en forma de pirámide alrededor de su perímetro para que ningún futuro escalador la altere accidentalmente. Hicimos un santuario de basura.

¿Había cambiado nuestro compromiso ético con el medioambiente? ¡En absoluto! Sabíamos que jamás es posible encajar en una sola perspectiva moral en las diferentes situaciones en las que puede encontrarse un turista. Tratar de imponer perspectivas morales políticamente correctas sobre el comportamiento turístico es una violación masiva de la verdad de nuestro objeto y frenaría el descubrimiento de las condiciones actuales, morales u otras, que prevalecen en los encuentros turísticos. Los turistas son viajeros en la moralidad y, por definición, han de dialogar con múltiples marcos éticos. Son tal vez las mejores cifras disponibles en la emergente casa global de espejos morales que seguirá des-centrando al sujeto humano en el siglo XXI. El único recurso responsable para el turista es el de adoptar una postura ética entre las múltiples morales puestas en juego por sus movimientos.[5]

Estudios de Licenciatura

La sociología rural en Cornell en la década de 1960 era el epicentro de la investigación en desarrollo rural internacional. Los programas de las licenciaturas en ciencias sociales estaban mucho más enfocados a problemas que hoy en día. Los sociólogos trabajaban sobre crimen y pobreza en los barrios céntricos de la ciudad y sobre conflicto racial. En mi departamento nos decían, con términos enérgicos, que era responsabilidad nuestra descubrir las causas del subdesarrollo del tercer mundo. Mi cohorte de estudiantes de licenciatura puso un poco de idealismo en esta tarea, pero compartíamos principalmente el compromiso con la objetividad científica y el cuestionamiento empírico de las ideas. Creíamos que nuestro idealismo estaría mejor servido si podíamos ofrecer nuevas formas de pensar el desarrollo y la evidencia empírica.

Éramos susceptibles a los términos “modernización” y “desarrollo”. Reflejaban una teoría predominante (Chicago y Harvard) que sostenía que el desarrollo era un proceso lineal y de una sola vía, en donde los países del tercer mundo terminarían, al fin y al cabo, por parecerse a las democracias industriales de Norteamérica y de Europa occidental. Luchamos contra la versión prototípica de la corrección política mucho antes que el término fuera inventado.

“Desarrollo” era una mera versión políticamente correcta de lo que diez años antes se llamaba por un nombre moralmente rotundo: “progreso”. Durante la década de 1960, “subdesarrollado” dio lugar a “no desarrollado” que dio lugar a “menos desarrollado”. Las poblaciones originalmente etiquetadas como “analfabetas” se convirtieron en “no alfabetizadas” y luego en “pre-alfabetizadas”.

Entendimos que esa retórica de lo “proto-políticamente correcto” no hacía más que encubrir las cosas, sin mejorarlas. Al contrario, las empeoraba. Sólo servía para reforzar y proteger el planteamiento teórico moral original al que pretendía oponerse. En los años 1960 el supuesto teórico vigente sobre el desarrollo era que las otras poblaciones eran simplemente versiones inferiores de nosotros y que si podían parecerse más a nosotros, su suerte colectiva mejoraría. Esa postura no era sostenible en la cohorte compuesta de una minoría blanca que estudiaba la licenciatura en Cornell. Abrumadoramente mis compañeros de clase venían de Irán, Paquistán (Este y Oeste), India, Kenia, Brasil, Cuba, Albania, Puerto Rico y Taiwán, con tan sólo unos pocos estadounidenses.

Nos situábamos en oposición a las escuelas de “desarrollo económico y modernización” de Harvard y Chicago. Básicamente eso significaba que renegábamos de cualquier cosa que oliese a nivel individual o a explicaciones psicológicas de fenómenos socio-económicos. Nos centramos en los movimientos de autodeterminación regionales, no en las necesidades individuales para el logro empresarial. Luchamos para dominar la teoría, pero nunca era la teoría por la teoría. Teníamos un problema difícil de resolver y sabíamos que frente a la enorme complejidad habíamos de usar de modelos teóricos sólidos. Si alguna vez imaginamos ir más allá de Marx, Durkheim, Weber, Pareto, Sorokin y los demás, necesitábamos desmontar hasta sus conceptos más básicos para reconstruirlos, personalizarlos y adaptarlos a las condiciones actuales.

Mi primera conquista en la licenciatura fue la teoría francesa. Si alguna vez estuve en un sendero trillado, ése fue el que me permitió navegar de un autor a otro entre Montaigne, Rousseau Stendhal, Durkheim, Mauss, Sartre, Merleau-Ponty, Lévi-Strauss, Barthes, Derrida, de Certeau, Lacan y más allá. Mi segunda conquista en la licenciatura fue Juliet Flower, que llegó un año más tarde que yo a Cornell para estudiar Francés y Literatura Comparada. Me acerqué a estas dos encantadoras desconocidas con la misma energía y el mismo entusiasmo que me había llevado a escalar Picacho del Diablo cinco años antes.

Mi primer viaje al extranjero fue al Caribe, cuando iba por la mitad de mis estudios. No fue para estudiar turismo. Formaba parte de un equipo investigador sobre el uso de las nuevas tecnologías en agricultura por parte de pequeños granjeros aislados en el campo occidental portorriqueño. Pero fue un viaje maravillosamente decisivo. Juliet se reunió conmigo en el campo y nos casó un juez vasco en una pequeña ciudad de montaña el 25 de julio de 1965.

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Figura 15. Boda de Juliet y Dean MacCannell. Lajas, Puerto Rico, 25 de julio de 1965.
Fuente: Fotografía de Frances MacCannell
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Figura 16. Juliet ay Dean MacCannell con el Juez Irizarry en Lajas. Puerto Rico, 25 de julio de 1965.
Fuente: Fotografía de Jan Flora, 1965.

Cuando fuimos a la playa me di cuenta de cosas que me hicieron conjeturar que el turismo se iba a convertir en un componente importante de la cartera del desarrollo. Observé que debía comprobarlo al volver a Cornell. Cuando entré en la biblioteca universitaria Olin –y era una de las mejores del mundo– encontré que no se había escrito casi nada sobre turismo y, por supuesto, no había ningún análisis socio-cultural extenso sobre la cuestión. Eso fue lo que me decidió. Otra oportunidad para ser el primero en escalar una montaña. Mi comité de licenciatura desaprobó mi estudio del turismo y desarrollo, y les estoy eternamente agradecido por haber descartado mi primer proyecto de tesis. Un ensayo doctoral sobre el papel económico del turismo en el desarrollo rural internacional habría sido un libro diferente a The Tourist (El turista). Lo reduje y escribí mi ensayo sobre la economía política de estancamiento económico y pobreza en los 48 estados continentales de Estados Unidos.

El camino de Structural Differentiation in 48 States (La diferenciación estructural en 48 estados) a El turista es linear incluso si no hay referencias del ensayo doctoral en El turista. En mi ensayo sobre la Diferenciación estructural mi forma de medir el desarrollo se derivaba directamente del concepto de “solidaridad orgánica” [6] de Durkheim tal y como aparece en La división social del trabajo. Hice la hipótesis de que lo que otros investigadores habían llamado “desarrollo económico” y “modernización” estaba en realidad aumentando la complejidad social, la división del trabajo, o la diferenciación, a la Durkheim. Esto exigía un pequeño salto teórico. Argumenté con precaución que la solidaridad orgánica de Durkheim no es sólo la mitad de un binomio conceptual que divide a las sociedades modernas y tradicionales. Es, más bien, una condición estructural variable característica de toda sociedad. Como tal ha de poder ser calculada y medida comparativamente a otras series de unidades sociales similares como las de los estados americanos. Añadí desarrollos recientes en teoría cibernética a mis definiciones conceptuales para enfatizar que una creciente complejidad social está asociada a una creciente capacidad de manejar información compleja. Mis nuevas formas de medir resultaron ser particularmente efectivas en predecir la variación de los indicadores de desarrollo económico comunes existentes, y mi trabajo recibió el premio al “ensayo del año” 1969 otorgado por la Asociación de sociología rural americana.

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.Figura 17. Ensayo de MacCannell Structural Differentiation (Diferenciación estructural). 
Ensayo y tabla 12.

Mi segundo viaje al extranjero fue a París en enero de 1968. Había defendido mi tesis un mes antes y estaba preparado para empezar a trabajar en El turista. Juliet estudiaba con Derrida en la École Normale. Hice observaciones sobre turistas y tomé notas, y me senté en las clases sobre el “Mito” de Lévi-Strauss en el Collège de France. En marzo hicimos autoestop hasta Londres y volvimos. Después de la revolución de mayo, hicimos autoestop hasta Estambul pasando por Copenhague y Berlín. No encontramos a penas turistas por el camino, sobretodo después de haber cruzado el telón de acero y hacer autoestop por Yugoslavia y Bulgaria.

Teníamos muy poco dinero y mirábamos a los turistas que llevaban la guía Europa por 5$ al día como más holgados que nosotros económicamente hablando. Si hubiéramos gastado más de 3$ al día no podríamos haber vuelto. Volvimos a Ítaca en agosto de 1968 con 38 céntimos en el bolsillo. Ésa debe ser la razón por la cual no he sido capaz de aceptar los modelos basados en presunciones sobre la desigualdad de las relaciones económicas y de poder, entre los turistas y sus anfitriones locales. La mayoría de los generosos burgueses europeos que nos llevaron estaban mucho mejor de dinero que nosotros, salvo a lo mejor unos gánsteres de medio pelo que nos cogieron una vez en las afueras de París en un antiguo descapotable americano.

El marco teórico para El turista estaba listo antes de graduarme. La idea de un tratamiento holista del turismo como fenómeno estructural global, como un “hecho social total” según la Escuela Francesa, tenía completa existencia como germen en mi ensayo. Los dos proyectos comparten incluso la variable exploratoria básica. En la p.11 de El turista “Mi análisis del turismo está basado en la diferenciación estructural social. La diferenciación es aproximadamente lo mismo que “desarrollo” o “modernización”. Y en la p.13 “… el turismo es un ritual realizado en las diferenciaciones de la sociedad. El turismo es un tipo de lucha colectiva por la transcendencia de una totalidad moderna, una manera de llegar a sobrepasar la discontinuidad de la modernidad, de incorporar sus fragmentos en una experiencia unificada.”[7]

Con el énfasis puesto en la diferencia y en la diferenciación como variables explicativas, El turista puede localizarse teóricamente en alguna parte entre la La división social del trabajo de Durkheim y L’écriture et la différence[8] de Derrida. No me di cuenta de la influencia de Derrida en El turista hasta el “Prefacio” a la edición de 1989. L’écriture no estuvo disponible en una traducción al inglés hasta un año después de que El turista fuese publicado. Pero cierto es que lo conocía. Juliet me lo había leído en voz alta directamente del francés en un inglés sin vacilaciones en abril de 1968.  Su cadencia estaba llena de emoción, comunicaba no sólo las palabras de Derrida sino además su manera de entender el mundo. Nos dimos cuenta inmediatamente que éramos testigos de una perturbadora filosofía occidental. Paso a paso, Derrida desmantelaba la idea de présence, un ser trascendental, y el Ser mismo. Nos enseñó, precisamente, la manera en que el signo se inserta él mismo en el ser y deconstruye la présence más o menos automáticamente. Derrida confesaría más tarde que tomó muchas de sus indicaciones de Lacan en el desafío a la filosofía occidental de sus primeros escritos.[9] Pero esto sólo enriquece la trayectoria de su crítica dándole una inflexión tanto psicoanalítica como filosófica.

El proyecto filosófico de Derrida era mucho más ambicioso que cualquiera que pudiésemos concebir dentro de los restringidos límites de la investigación en turismo. Pero todavía estoy de acuerdo con los pasajes donde desarrolla la lógica de la alineación de las nociones de estructura con el ser trascendental –cualquier estructura, poética o social, tiende al cierre totalitario y a la violencia, al resistir a la influencia de cualquier elemento que intente cambiarla. En consecuencia, Derrida nos recuerda que aceptar los productos del pensamiento estructural constituye un tipo de vagancia intelectual que nos ciega a las fuerzas destructoras que siempre han amenazado las formas y estructuras a partir de cualquier perspectiva, tanto dentro como fuera.

El Derrida del principio reforzó mi deseo de estudiar la humanidad en tránsito, en escenarios no familiares, donde no se mantienen los presupuestos de una lengua y de una cultura compartidas, donde fronteras y límites sirven para ser traspasados y no para contener. He intentado mantener los estudios sobre turismo abiertos a su potencial más radical. Como es lógico, algunos turistas y estudiantes en turismo se sienten atraídos por itinerarios estandarizados, resorts y cruceros según el modelo de instituciones totales, listas de cosas por hacer antes de morir y burbujas turísticas, todas las formas y estructuras impuestas en viajes y visitas turísticas y diseñadas para contener y controlar su libertad esencial y su apertura. Sin embargo, parafraseando a Derrida, todas son “esquematizaciones que permiten a la subjetividad contemplar las totalidades despojadas de fuerzas subversivas.”[10]

A pesar de las pruebas filosóficas de Derrida, la vida social está estructurada, algo que le comenté en más de una ocasión. Derrida no cedió. La vida social puede estar estructurada, admitió, pero también está perdida, es arbitraria, contingente y accidental, y sin interés real para un filósofo. Supongo que estaba hablando desde una perspectiva heideggeriana y no francesa. En su último libro, Juliet me dice que Derrida confiesa sentir vergüenza por el placer que sentía viajando ya que siempre imaginó a Heidegger, el uber-autochthon, mirando por encima de su hombro, criticándolo por cualquier distracción del duro trabajo de hacer filosofía:

Heidegger siempre viaja conmigo sin saberlo –si lo hubiera sabido, pobre hombre– le oigo decirme “¿no te da vergüenza viajar todo el tiempo?” […] ¿cómo puedes denken a esa velocidad? [11]

Derrida continua diciendo que sólo necesita pensar en Montaigne para que desaparezca el espectro del censurador Heidegger.

En las primeras páginas de El turista, atribuí a la “modernidad” una estructura que desafía el ethos –un camino para terminar con todas las barreras, como las existentes entre clases, culturas, géneros, estados-naciones– un camino deconstructivo si se quiere –aunque el término en general no se emplee hasta años más tarde. A pesar de mi extenso uso de la cursiva, la tesis básica de El turista, enlazando con Durkheim y mi ensayo, pero también con la deconstrucción, es su aspecto menos analizado.

En 1970-1971 Juliet y yo dejamos nuestros puestos de profesor asociado en Filadelfia y volvimos durante un año a París donde terminé el primer esbozo de El turista y donde nació nuestro hijo Daniel.

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 Figura 18. Barco de vapor a París, etiqueta del equipaje.
La guerra de Vietnam, que no parecía tener fin, hacía estragos y no quisimos que naciera en suelo estadounidense.
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Figura 19. Dan y Dean en las Tuileries.
Fuente: Fotografía de Juliet Flower MacCannell, abril 1971.
Al rato de que Juliet hiciera esta fotografía en las Tuilerías, un autobús irrumpió y arrojó a decenas de turistas ingleses. Algunos se acercaron sacándonos fotos. Uno de los agresivos fotógrafos imitó el acento francés: “Mijá el tipicó popó con sui bo beibei”. Al instante me di cuenta de la plasticidad de la información del turista y de que bajo condiciones performativas especiales un turista puede transformarse en una atracción turística. Ver The Tourist pp. 109 ff. y 135 ff., sobretodo p. 127.

Aunque hubiese sido aceptado para publicación y el manuscrito estuviese disponible para el comité de selección, El turista tuvo muy poco que ver con mi ingreso en la Escuela de Agricultura de la Universidad de California en Davis en 1975.

2016-1(9)-TEM1-Fig20Figura 20. Portadas de El turista

Estaba bastante seguro de que la oposición estudiantil y docente a la guerra, combinada con el movimiento de la última generación de la explosión de natalidad en la universidad, presagiaba una apresurada caída del apoyo a la enseñanza superior. La generosa financiación de las Escuelas de Agricultura sigue siendo, hoy en día, la piedra angular de la política federal, encaminada a mantener la preeminencia global de la agricultura estadounidense. Esta generosidad se extiende incluso a los científicos en ciencias sociales de la Escuela de Agricultura. Es un residuo de la política federal de la cesión de la tierra, destinado a mantener el dominio de la agricultura de Estados Unidos. Fui contratado por una de las diez mejores Escuelas de Agricultura de Estados Unidos, la Universidad de California en Davis, como sociólogo investigador rural en la Estación Experimental de Agricultura de California (75%) y como Profesor Adjunto en Ciencias del comportamiento (25%).

Siempre he sido un férreo defensor del activismo docente y del compromiso de la universidad con la comunidad. Así que estaba encantado con ir a Davis, para seguir investigando de manera aplicada y empírica las comunidades rurales. Poco después de llegar, escribí el primer informe sobre pobreza para la Oficina de oportunidad económica de California; recibí el primer premio del grupo de investigación política de la Asamblea legislativa de California por investigar en pobreza y riqueza en las comunidades rurales de California; redacté las secciones en comunidad rural para la Secretaría de Agricultura de Estados Unidos, en el Final Report on Agricultural Change in the United States (Informe final de cambio agrícola en Estados Unidos) de Robert Bergland; y fui seleccionado por la Oficina de consejo en tecnología del Congreso, para llevar el equipo responsable del componente social del informe sobre el impacto medioambiental del Congreso de los Estados Unidos sobre las leyes que rigen la distribución de agua de riego subvencionada por el gobierno federal para granjas de más de 320 acres.

El principal descubrimiento en mi trabajo para el Congreso de los Estados Unidos fue que los pronosticadores más eficaces de pobreza y desigualdad rural en Estados Unidos son la escala y los niveles de dinero y de entrantes químicos en el sector de la agricultura industrial. Desde un punto de vista analítico éste no fue un gran descubrimiento ya que justamente las relaciones saltan de los modelos de regresión a cada escala, desde las comunidades individuales a las regiones pluriestatales. Pero era una relación que muchos de mis colegas sociólogos no deseaban explorar, por buenas razones. Estudiar y publicar sobre esta relación en Estados Unidos, no llevaba necesariamente a ser asesinado, pero atraía una multitud de amenazas de muerte, algunas de ellas, sorprendentemente, realizadas de viva voz y a la cara. Según los grupos de defensa del medioambiente y los defensores de la agricultura de pequeña escala, biológica y sostenible, mi trabajo para el Congreso ha sido la razón por la cual las limitaciones de superficie cultivable se han mantenido en la revisión de la política federal de regadíos de 1984.

Cuando me invitaron a intervenir en la Universidad Ahmadou Bello, en el norte de Nigeria en 1986, diez años después de la publicación de El turista, no fue como investigador en turismo, sino como sociólogo rural en los impactos sociales de la política del agua. Claro que también era un turista.

En 1996, 20 años después de la publicación de El turista y cuatro años después de la publicación de mi libro Empty Meeting Grounds: The Tourist Papers (Lugares de encuentro vacíos), Juliet y yo acompañamos a nuestro amigo Willy Apollon a Haití. No era por nuestro interés compartido por la teoría psicoanalítica lacaniana o cualquier cosa que tuviese que ver con turismo. En ese momento había un embargo estadounidense sobre el turismo. Fuimos a Haití para ayudar al equipo de Willy a redactar una petición de préstamo destinada al Banco Mundial para crear mercados rurales. Claro que también era turista. Fuimos al pueblo donde se realizan la mayoría de las iniciaciones al Vudú y allí conocimos a los líderes religiosos. Cuando visité una galería de arte en Port au Prince y la dueña preguntó por qué estaba en Haití, contesté “de turista”. Se puso como una fiera “no se atreva a decirme que es un turista. No es un turista. Está con algún tipo de misión diplomática, o es militar investigador o algo. Pero no intente decirme que “sólo” es un turista.”

Gracias a nuestra investigación y a nuestros escritos en teoría semiótica, Juliet y yo fuimos invitados a participar y presentar en el coloquio sobre A. J. Greimas en Cerisy-la-Salle en 1983. Claro que también éramos turistas.

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 Figura 21. A. J. Greimas, Maurice de Gandillac, y Paul Ricoeuren Cerisy-La-Salle, 1983.
Fuente : Fotografía de Daniel MacCannell.

Cuando fui a Madrid en 1983 fue para ayudar a la creación del Grupo de Investigación 50, “Sociología del Turismo”, de la Asociación Internacional de Sociología. Pero pasamos algunos días maravillosos en un resort en el País Vasco.

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Figura 22. Dean MacCannell, Marie-Françoise Lanfant, Edouard Bruner, Michel Picard en Madrid, 1983.
Fuente: Fotógrafo desconocido.

Cuando nos invitaron a Juliet y a mí a la India en 1987 fue como representantes de Estados Unidos para la “Conferencia de la Commonwealth sobre el legado intelectual de Erving Goffman”. Pero nos tomamos diez días más para visitar los jardines de Brindavan, Shrivanabelagola, y los templos maravillosamente esculpidos. Cuando fui a Santander, España, en 1988 fue para ayudar en la redacción de la carta para la Academia Internacional de Investigación en Turismo. Pero también éramos turistas. El Ministro de Turismo español quería llevarnos a las cuevas de Altamira, pero los conservadores no nos dejaron pasar –sus empleados, en realidad. Le dijeron claramente que ni siquiera él estaba autorizado a entrar. Así que en vez de eso, nos llevó al estudio de Picasso.

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Figura 23. Trabajando duro en la redacción de la Carta de las Naciones Unidas para la Academia internacional para investigación en turismo. Santander, España, 1988.
Fuente: Fotografía de Dean MacCannell.

La primera vez que estuve en Japón, fue para dar una clase. Pero nuestros anfitriones se aseguraron de que viésemos los monumentos.

 2016-1(9)-TEM1-Fig24Figura 24. Michael Sorkin, Joan Copjec, Nelson Graburn, DeanMacCannell en Japón, 1994.
Fuente: Fotógrafo desconocido.

Cuando llevé a mi clase de Davis a Filadelfia en octubre 2001, fue para enseñarles el pueblo de Artes y Humanidades de Lily Yeah. Pero después del viaje de campo nos precipitamos a Manhattan para ver a nuestro amigo Michael Sorkin, cuyo estudio se encontraba a tan sólo tres manzanas de donde las Torres acababan de caer. Nos llevó a dar un paseo alrededor del borde del agujero.

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Figura 25. Turistas esperando en la cola a ver el agujero en el Ground Zero en Mahattan tres semanas después de la caída de las Torres, octubre 2001. 
Fuente: Fotografía de Dean MacCannell.

Cuando volví a París en 1995 no fue como turista o como investigador en turismo o como sociólogo rural. Juliet y yo acompañábamos, de asistentes, a Víctor Zaballa y Ann Chamberlain. Les ayudábamos a instalar una pieza de escultura conceptual en la Galería, encima de La Grande Arche de la Défense.

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Figura 26. Ann Chamberlain y Dean MacCannell instalando. 
Fuente: Fotografía de Juliet Flower MacCannell.

No fui capaz de hacer nada turístico en ese viaje. La complejidad de la instalación absorbió todo mi tiempo, pasé cada momento despierto ayudando a encajar la pieza en la galería. Estuve allí tantas horas que el comisario llegó a pensar que era Víctor Zaballa.

¿Hacia dónde me dirijo desde aquí? do I go from here?

Los estudios sobre turismo se han precipitado hacia delante, como si no constituyesen un desafío epistemológico de las ciencias sociales, tal y como se constituyeron al principio. Pero hemos alcanzado un límite y no podemos continuar más allá asumiendo que nuestro tema de discusión son grupos culturalmente unificados con limites identificables. Las ciencias humanas siempre han sobreestimado la unidad y la relación de nuestras unidades de análisis. En el contexto de la investigación turística estos presupuestos son ridículos. Necesitamos desarrollar nuevas formas de pensar la dinámica de las nuevas conformaciones éticas en los lugares de encuentro entre turista/anfitrión, turista/turista, turista/otro. He promovido este cambio teórico y metodológico desde mis primeros escritos sobre el tema –casi gritando sobre varios puntos en el camino. En mi artículo sobre “Reconstructed Ethnicity: Tourism and Cultural Identity in Third World Communities” (La etnicidad reconstruida: turismo e identidad en las comunidades del Tercer Mundo) argumenté que después del turismo, debíamos abordar las formas étnicas como tropos teóricos. [12]  Puedo haber ido tan lejos como para reivindicar que las formas étnicas siempre han sido tropos retóricos y que el turismo sólo hace emerger el carácter verdadero de sus orígenes.

No quiero que se me malinterprete, como si sugiriese que hemos de tirar a la basura todo el canon teórico de las ciencias humanas y hubiésemos de empezar desde cero. Las teorías y métodos utilizables abundan y pueden ser re-proyectados. Esto incluye un nuevo compromiso con la semiótica como método, una lectura revisionista de la Escuela de Fráncfort, explotar a Derrida y explorar la deconstrucción para encontrar pistas que han pasado desapercibidas en los departamentos de Francés y de Inglés, intentando extraer algo útil para los estudios en turismo de Heidegger, sobre la alienación y lo auténtico, y explorando las éticas del turismo. Me entusiasma que los Moscow Diaries (los Diarios de Moscú) de Walter Benjamin ganen en importancia en nuestras revistas como investigación prototípica en turismo. [13]

No poder dejar atrás la antigua teoría que atormenta a las ciencias humanas, está llevando a producir artefactos de investigación que empujan hacia atrás a los estudios sobre turismo. Ya he mencionado la Corrección Política. Déjenme añadir aquí la manía recurrente con descubrir nuevos nichos de categorías en los que los turistas deberían insertarse. Ya hemos recitado a más no poder los relatos de jóvenes investigadores sobre turismo de patrimonio, turismo sexual, turismo de raíces, turismo revolucionario, turismo ecológico, negro, de muerte o thanato-turismo, turismo médico, turismo de aventura, lo irónico del asunto es que también hay post-turistas que disfrutan del turismo. En mi capítulo sobre “Painful Memory” (“Memoria dolorosa”) en The Ethics of Sightseeing (La ética del turismo) argumento que un análisis minucioso de cualquiera de los llamados “tipos” de atracción revelaría sus conexiones rizomáticas subterráneas con todos los demás tipos de atracción en el inconsciente turístico. Los memoriales de Auschwitz y de Hiroshima funcionan para reprimir y desplazar la memoria dolorosa. Son los parientes tristes de Disneyland, el “lugar más feliz del mundo”, según se dice. Disneyland es incluso más radical en su negación del trauma de la pérdida que el turismo “negro” de los memoriales. Esconde la inocencia perdida intentando hipostasiar un tipo de infancia que nunca existió.

Incluso sin una lectura detallada del simbolismo psíquico injerto en las atracciones turísticas, es reductivo y a menudo humillante agrupar la experiencia turística en categorías. La arquitecta Zuñi, Rena Swentzel, me dijo que de jovencita tuvo su primera excitación sexual encima del Sipapu Hole (Agujero Sipapu) en las ruinas de Kiva, el hoyo de donde se dice que brotaron sus ancestros del interior de la tierra. Oyendo esta delicada y dulce revelación humana, no se me podría haber ocurrido que debía clasificar a mi amiga como “turista sexual”. Mientras que puedan ser, tal vez, menos obvios, todos los esfuerzos en clasificar son igual de violentos.

Cuando fui con Juliet y Michael Sorkin al Ground Zero en Manhattan tres meses después de la caída de las torres, y que el suelo todavía olía y humeaba, ¿estaba siendo un turista “negro”? ¿era un “turista revolucionario” en París en 1968? ¿o un “turista ecológico” visitando el proyecto de restauración forestal de Castro en Cuba? ¿o un “turista de patrimonio” el día que pasé en la casa de Freud en Londres? ¿o un “turista de aventura” escalando la “Slot Wash” del Picacho?

No.

Sólo era un ser humano como cualquier otro turista haciendo observaciones y juntando impresiones e intentando esculpirlas en una vida digna de compartir. Mi turismo ha sido mera curiosidad intelectual, viajando con gente que se quiere, disfrutando de los momentos interesantes juntos y con un compromiso ético para intentar hacer algo con ello. A lo mejor me asalta también la necesidad de seguir moviéndome rápidamente por temor a que alguien intente construir una caja demográfica alrededor de mí o de mi carrera. No podría haberlo hecho si al menos la mitad de los catedráticos de mi departamento, los decanos y vicerrectores, no me hubiesen apoyado en mi completa falta de disciplina, o mejor dicho, de una disciplina. Lo sé porque la otra mitad ha intentado frenarme en cada paso. Mi recorrido también es posible sólo porque Juliet, Daniel y Jason han estado conmigo en cada paso del camino.

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Figura 27. Juliet Flower MacCannel y Daniel y Jason MacCannell en la bilioteca en Cerisy-La-Salle.

Los comportamientos turísticos son demasiado diferentes como para ser encerrados en series limitadas de etiquetas. Como tampoco hay un sitio en la tierra que todos, o casi todos los turistas, visitarían, y que podamos medir para determinar las características generales de los destinos.

De la ciencia agrícola al diseño del medioambiente

Cuando Juliet y yo estuvimos en Haití con Willy, Renata, y los demás, me pararon varias veces desconocidos en la calle, cada incidente seguía aproximadamente el mismo esquema. Hombres de mi edad, o casi, se ponían delante, de cara a mí, me tocaban ligeramente para pararme, se ponían entonces de rodillas en mi camino, juntaban sus manos como para una oración, me miraban a los ojos implorando y empezaban a murmurar “Papa, papa, oh, papa.” Era totalmente perturbador. No había ironía ni ridículo en su actitud, que parecía ser pura reverencia. Pedimos explicaciones a nuestros anfitriones haitianos. Parecían saber algo pero no querían divulgarlo. Cuando volvimos a California, Juliet investigó sobre el asunto y encontró imágenes de la figura de Azaka o Papa Zaka, el dios Vudú de la agricultura.

2016-1(9)-TEM1-Fig28Figura 28. Imagen de Azaka (también conocido como “Papa Zaka”) el Dios Vudú de la Agricultura, siempre representado con un sombrero de paja y un fardo de comida.Se dice que es un “simpático viejo de las montañas” Del Sacred Arts of Haitian Vodou, Donald Cosentino, Ed., University of California, 1995. p. 121.

Le contamos la historia a nuestro hijo Jason, que mezcla dulzura y acidez en un gran abanico de medidas, e inmediatamente contestó, “Pero papá, lo tendrían que haber sabido. Tú eres el dios de la agricultura.”

El dios vudú de la agricultura, aunque sea un título de cortesía, es mayor oficio que el de Sociólogo investigador rural. Puede ser incluso mayor que Catedrático. Una vez que hay un poco más a lo que se puede aspirar, es hora de cambiar los discursos.

En 1993 Juliet y yo fuimos invitados a las Residencias de Artistas del Centro Headlands de Artes del océano cerca de Sausalito. Éramos los primeros escritores de no ficción en tener ese honor. Fue durante mi estancia en Headlands que hice las llamadas telefónicas a los catedráticos y a los decanos para comenzar a trasladar mi puesto de las ciencias sociales al diseño medioambiental y arquitectura paisajística. Eso fue antes de Linked In y no envié ningún anuncio, pero inmediatamente, casi por arte de magia, la mayoría de mis actividades docentes, conferencias e invitaciones a escribir cambiaron a las disciplinas del arte, la arquitectura, el diseño, galería y trabajo de museo.

Terminaré aquí sin describir mi cambio más reciente, salvo decir que parte de mi trabajo en colaboración con Juliet y otros artistas ha sido descrito por Lucy Lippard en su libro On the Beaten Track. No tengo ni idea de donde me lleva este cambio ¿a la cima del Cañón de la Media o del Cañón del Diablo?

Este texto está lejos de haber trazado de mi sendero al completo, claro está. Probablemente tendría que haber mencionado que he coeditado con Juliet The American Journal of Semiotics (la revista americana de semiótica) durante doce años, y que nunca di una clase sobre turismo en la Universidad de California en Davis. Recuerde que el turismo no es por lo que me habían contratado. También conduje de una costa a otra de Estados Unidos 18 veces. Así que sí que vi América primero, como lo recomienda mi gobierno.

Y me las ingenié para mantenerme en mi contrato pijo de sociólogo en investigación rural en la Estación Experimental después de haberme inclinado por el arte, la arquitectura, el diseño y el trabajo de museo. Sigo encuestando a personas sin techo en los espacios rurales de los condados de Yolo, Sacramento y Placer. Varias de ellas fueron hechas con mi hijo Jason.

 

Autor

Dean MacCannell, Emeritus Professor, Environmental Design & Landscape Architecture, University of California, Davis

 

Traducción Inglés > Español:

BTU – Bureau de Traduction de l’Université de Bretagne Occidentale (UBO)

 

 

Notes

[1] La comparación odiosa entre “turistas” y “viajeros” fue impulsada por Daniel Boorstin en su libro The Image: A Guide to Pseudo Events in America (New York: Harper and Row, 1961). La critiqué por ser un síntoma y no una distinción analítica. Ver Dean MacCannell, “Staged Authenticity: On Arrangements of Social Space in Tourist Settings,” The American Journal of Sociology (79) 3, 589-603, 1973. Hoy en día sigue vigente como una parte importante de la auto-representación de ciertos turistas. Ver el estudio de Frederick Errington and Deborah Gewertz sobre los auto-llamados “viajeros” en Nueva Guinea, “Tourism and Anthropology in a Postmodern World,” pp. 195-217 en Sharon Gmelch, Tourists and Tourism (Longrove, Illinois: Waveland, 2004).
[2] Para un análisis convincente ver el inteligente artículo de Stephanie Hom Cary “The Tourist Moment,” Annals of Tourism Research, 32:1 (2004) pp 61-77.7.
[3] Esta fue la gran contribución del trabajo pionero de Nelson Graburn sobre el arte esquimal. Mostró cómo la interacción entre los turistas consumidores y los escultores inuits produjo un nuevo tipo de objeto estético sin precedentes en ninguna de las dos culturas pero basado en nuevos entendimientos y malentendidos entre unos y otros. Ver las contribuciones de Graburn en su libro Ethnic and Tourist Arts: Cultural Expressions from the Fourth World (Berkeley: University of California, 1976).
[4] Cabe señalar que el montañismo expedicionario serio implica una intensa investigación de archivo, localizando cada relato publicado o no sobre la región, cada boceto de las vías. Aquéllos que entablan este tipo de investigación saben que la calidad de la formación de uno mismo puede significar la diferencia entre vida o muerte.
[5] Para más detalles sobre este punto ver mi libro The Ethics of Sightseeing (Berkeley: University of California, 2011)
[6] Emile Durkheim, The Division of Labor in Society, W.D. Halls trans., New York: The Free Press, 1984 [1893])
[7] Dean MacCannell, The Tourist: A New Theory of the Leisure Class, (New York: Schocken 1976) (New York: Pantheon, 1989) (Berkeley: University of California, 1999, 2013) El turista. Una nueva teoría de la clase ociosa (Barcelona: Melusina, 2003)
[8] Paris: Editions du Seuil, 1967.
[9] Jacques Derrida, “Pour l’amour de Lacan,” pp. 397-420 en Lacan avec les philosophes (Paris: Michel Albin, 1991)
[10] L’écriture, op cit., p. 5
[11] Malabou et Derrida, Contra-Allée (Paris: La Quinzaine Littéraire Louis Vuitton, 1999) p. 17.
[12]  Annals of Tourism Research, XI, 361‑377, 1984. Reeditado como cap. 7 en mi Empty Meeting Grounds, op cit. pp, 158-71.
[13] Ver, por ej. Jillian Rickly-Boyd, “Authenticity and Aura. A Benjaminian Approach to Tourism”, Annals of Tourism Research, Vol. 39, número 1, enero 2012, páginas 269–289