La Torre Pelli en Sevilla: la dialéctica entre la renovación de los paisajes urbanos y la conservación del patrimonio

Alfonso Fernández Tabales & Rémy Knafou

Uno de los debates más relevantes que están teniendo lugar en la Europa actual acerca de la difícil relación entre la conservación de la imagen tradicional de las ciudades, por una parte, y la aparición de nuevas obras arquitectónicas con capacidad para modificar dicha imagen, por otra, es el planteado en la ciudad de Sevilla (España) con la edificación de la denominada “Torre Pelli” (por el arquitecto responsable del proyecto) o “Torre Cajasol” (por la entidad financiera impulsora del mismo en su origen).

La relevancia de este debate se deriva de la confluencia de varios factores, entre los que destacan la propia singularidad de la ciudad afectada, Sevilla, con un notable patrimonio histórico-artístico, una marcada presencia en el imaginario colectivo del mundo occidental, y una creciente orientación productiva hacia el aprovechamiento turístico de sus recursos patrimoniales. Además, la ciudad presenta un rasgo paisajístico clave para entender la polémica, un caserío tradicional predominantemente horizontal dominado por el perfil de la Catedral (el mayor templo gótico del mundo) y, sobre todo, la torre de La Giralda, obra de arquitectura islámica (siglo XII) coronada por un campanario renacentista (siglo XVI), que con sus 98 metros constituye el gran símbolo identificativo de la ciudad y elemento central en todas las representaciones y panorámicas de la misma.

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La Torre Pelli y la Giralda (mayo de 2012) – © R. Knafou

En este contexto, real y simbólico, de ciudad, se plantea en años recientes el proyecto de un edificio de gran altura (para los estándares sevillanos) en los terrenos de la Exposición Universal de 1992, en la periferia inmediata al núcleo histórico. Este proyecto, tras un concurso internacional, es asignado al estudio del arquitecto César Pelli (célebre, entre otras obras, por ser el autor de las Torres Petronas en Kuala Lumpur), el cual plantea una torre de 180 metros en su altura máxima, ya en proceso de edificación y cuya finalización está prevista para 2013. La utilización de la Torre se prevé para oficinas, con usos comerciales en la base y un restaurante-mirador en la cúspide.

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La Torre Pelli y el Guadalquivir (enero de 2013) – © A. Fernández Tabales

Esta construcción ha generado un intenso debate local ya que, con toda evidencia, modifica la perspectiva paisajística o “sky line” percibida de y desde la ciudad histórica; en este sentido, si bien es cierto que la visibilidad del nuevo edificio desde el centro histórico dependerá de la posición o del encuadre del observador (y éste es uno de los puntos centrales de la polémica), parece innegable que implica una transformación de la visión de la ciudad en su conjunto desde las vías de acceso a ésta y que, más en concreto, la Torre domina el horizonte desde las orillas y puentes del río Guadalquivir, lugar tradicional de vistas hacia la ciudad y eje turístico en proceso de revalorización por las autoridades públicas locales. Por todo ello se ha planteado una dura polémica entre aquéllos que consideran que el paisaje urbano tradicional es un elemento patrimonial e identitario (y un recurso turístico, añadimos nosotros) de primer orden, que en este caso queda irreversiblemente alterado; y aquéllos otros que defienden que la ciudad es un organismo vivo, que debe ir adaptándose a los cambios y que por tanto no puede haber paisajes urbanos “intocables”, ya que ello significaría su fosilización.

En este debate incide finalmente un factor externo, concretado en la postura a adoptar por la UNESCO, ya que Sevilla cuenta con tres monumentos declarados Patrimonio Mundial (la Catedral, los Reales Alcázares y el Archivo de Indias), planteándose que la afección paisajística de la Torre Pelli sobre los mismos pudiera hacer incluir a Sevilla en la Lista del Patrimonio Mundial en Peligro, e incluso llegar a perder dicha calificación de Patrimonio Mundial, con las negativas consecuencias que ello implica para la imagen general y turística de la ciudad. En este sentido, la UNESCO recomendó en 2009 la paralización de las obras, hasta que fuera elaborado un informe sobre la afección paisajística de la Torre, recomendación que fue ignorada por autoridades locales y entidades impulsoras del edificio. En el momento actual, el organismo internacional no ha tomado ninguna resolución definitiva al respecto, limitándose a pedir un nuevo informe sobre el desarrollo de las obras y la posible incidencia sobre los tres monumentos declarados.

En paralelo a este debate de carácter identitario o patrimonial, puede plantearse otro más vinculado a la actividad turística, centrado en los costes y beneficios económicos que generan a largo plazo estas operaciones transformadoras de la imagen tradicional de las ciudades históricas. En efecto, los defensores de la Torre Pelli han argumentado en extensión el incremento en actividad y empleo que la construcción y posterior explotación de la Torre va a significar; sin embargo, en estos análisis no se ha incluido el coste real que ésta y otras actuaciones de “modernización” de la imagen física de la ciudad van a generar sobre el que actualmente es el principal activo económico de la misma: su propia singularidad e identidad estética, rentabilizada a partir de las visitas turísticas.

De esta forma, en un contexto europeo y mundial en el que las ciudades y los paisajes urbanos se hacen cada vez más parecidos y por ello monótonos, a partir de unas mal entendidas políticas de modernización que en realidad se traducen en banalización y pérdida de diversidad, el turismo, en tanto que actividad en la que la diferenciación y singularidad constituye un factor clave de competitividad productiva de los destinos, se convierte en un valioso aliado argumental para las políticas de gestión del conjunto del paisaje urbano, superando la escala habitual centrada en la conservación de monumentos individualizados.

Hace más de veinte años, César Pelli evocaba así la responsabilidad de los rascacielos: “True skyscrapers are charged with representational responsibilities to act, by virtue of their towering height, as markers of place, sculptors of the city silhouette and as conveyors of public image” (Crilley, 1993, citado por McNeill D., 2005). Si se aplica este análisis a su intervención actual en el paisaje urbano de Sevilla, se constata que el mismo aportaría más argumentos a los adversarios del proyecto que a sus partidarios… Ya que el problema que plantea a Sevilla esta torre no debe ser remitido a la cuestión de la tensión entre conservación y modernidad. Es absolutamente evidente que una ciudad es un organismo vivo, y que un núcleo como Sevilla no puede tener como única ambición ser un reservorio de formas urbanas del pasado destinadas a la sola satisfacción de los turistas, aun cuando las visitas de éstos crezcan cada vez más y aporten a una economía en crisis una contribución ineludible de cara al futuro. Además, la Exposición Universal de 1992 había mostrado la capacidad de este lugar para hacer coexistir, a una y otra orilla del Guadalquivir, un centro histórico heredado y una ciudad nueva volcada hacia las nuevas tecnologías. ¿Pero por qué la modernidad urbana debería ilustrarse preferencialmente con torres, en especial cuando éstas no presentan una gran originalidad? La cuestión merece tanto más ser planteada cuanto que Sevilla (la cual ya presenta un excedente de suelo para oficinas no ocupado por carencia de demanda) no muestra un dinamismo económico que justifique la necesidad de una torre que, en el momento actual, corre el riesgo de simbolizar sobre todo el ego de sus creadores, los límites de la participación democrática y la eficacia del clientelismo.

Una cosa es segura actualmente: Andalucía ha comenzado a coleccionar torres aisladas; en efecto, la Torre Cajasol de Sevilla viene a añadirse a la Torre Laguna de El Ejido (Provincia de Almería), terminada en 2011, en una ciudad de 83.000 habitantes, que constituye probablemente el mayor ejemplo de un rascacielos (105 m.) en una localidad tan pequeña. Si bien la invasión de todo el llano por el “mar de plástico” de los invernaderos que constituyen la riqueza del lugar puede, eventualmente, justificar la rareza del espacio y la necesidad de construir en altura, se puede sin embargo proponer la denominación de “síndrome de El Ejido” para la voluntad demostrativa de construir una torre sin una necesidad ligada al funcionamiento urbano. El futuro dirá en qué medida Sevilla llegará a desmarcarse o no del caso del El Ejido.

El EjidoLa Torre Laguna (El Ejido) en obras (diciembre de 2006) – © R. Knafou

REFERENCIAS

McNeill D., 2005, ‘Skyscraper Geography’, Progress in Human Geography, 29(1), pp. 41-55.

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Referencia electrónica :

Alfonso Fernández Tabales & Rémy Knafou, La Torre Pelli en Sevilla: la dialéctica entre la renovación de los paisajes urbanos y la conservación del patrimonio, Via@, Breves, publicado el 20 de marzo de 2013.

AUTORES

Alfonso Fernández Tabales

Universidad de Sevilla

Rémy Knafou

Universidad Paris 1 – Panthéon-Sorbonne